Grecia, una vía de agua en el casco de Europa

Un inconcreto y generalizado anhelo de cambio político entre los griegos parece el motivo predominante del fracaso parlamentario en su tercer y definitivo intento de Stavros Dimas de conseguir la presidencia de la República: magistratura sólo representativa, carente de toda condición ejecutiva pero, al propio tiempo, en estas circunstancias, garantía de que el país no se deslizaría – tal como ahora puede ocurrir – hacia inestabilidades políticas rayanas en el marasmo y en todo caso incompatibles desde ahora mismo con los ayudas internacionales. Suspendidas desde ayer hasta que no se conozca la composición del Gobierno que salga de las urnas. Clarísimo mensaje para el electorado.

La democracia griega de estas calendas parece propiciar el diagnóstico de que se encuentra incursa en una “avería carencial”, definida aparentemente por la no disponibilidad de piezas de recambio; entendidas éstas tanto por la ausencia de alternativas practicables a corto plazo en el orden de los cuadros y programas políticos como por el muy deficitario nivel en el orden de los recursos económicos. Si éstos hubieran sido otros -más veraces que los nominalmente aportados para obtener el plácet de Bruselas en el momento de la adhesión al proyecto europeo -, toda la dialéctica ahora cursante en el mundo heleno no estaría lastrada por premoniciones poco menos que de tragedia.

Además de otras consideraciones que éstas u otras parecidas, parece necesario exponerlas: vistas otras que se podrían hacer en el sentido de que el fantasma de radicalidad que para los griegos significa el izquierdismo de Syriza. Pilotado por Alexis Tsipras con todas sus connotaciones populistas, se ha querido establecer un paralelismo que iría más allá y más adentro de lo que Podemos aspira ser en España al margen de las fantasmagoría a que se prestan las encuestas no deflactadas de circunstancialidad y factores episódicos: sin reparar debidamente en que ello falsifica su valor efectivo cuando llega el momento, aun remoto, de su convalidación por los votantes.

Entiendo que, contra lo que ya se hace en ocasiones, Syriza y Podemos, en términos de realidad efectiva y honesta, guardan entre sí semejanzas como los que cupiera establecer entre un huevo y una castaña. Corresponde Syriza a un precipitado de tardomarxismo europeo pegado a la específica singularidad económica y social de su país, de su propio casticismo. Mientras que Podemos apenas trasciende su condición de castrismo de recuelo, pasado por el cedazo y la munificencia del chavismo venezolano y aderezado con unas gotas del allendismo chileno al que no fueron ajenos socialistas españoles repristinados en las parafernalias levógiras del Mayo del 68: el año en que Breznef mandó los carros de combate sobre Praga, de parecida manera a como en este 2014 que ahora acaba Putin ha enviado sus efectivos sobre Ucrania.

Obviamente, el peso del problema griego sobre la Europa integrada en la UE, incluso más allá de su repercusión en nuestros mercados bursátiles, va más lejos del orden de inferencias que para la política española puede tener un eventual triunfo de la izquierda radical griega en el escenario político de su país. En cualquier caso, si se cumplieran allí los negros presagios de Samaras, el actual Primer ministro heleno, – por su valor deflactante de las encuestas habidas aquí -, no sería propiamente un regalo de Syriza a Podemos. Pero más allá del efecto reflejo en España, la crisis política griega, es una vía sostenida en el casco de Europa. Todo un problema y un defecto de diseño.