El nudo ruso-checheno del Estado islámico

La revelación de que los componentes chechenos en las huestes del Estado Islámico (EI) implicadas en la captura del suboficial jordano que pilotaba el avión caído en Siria se manifiestan partidarios de darle muerte, mientras que los combatientes árabes de la misma fuerza conjunta se oponen a ello, abre un ángulo nuevo en la percepción del muy complejo problema que representa esta última manifestación del proteico yihadismo del EI. Rusia no está involucrada en la gran alianza internacional que combate con fuerza aérea a este terrorismo islamista, algo que indirectamente beneficia al Gobierno sirio, del que es aliada la Federación Rusa.

Las derivadas analíticas de la participación chechena, como un ingrediente más del caos sangriento en que está sumido el régimen de Damasco, son de mucha más enjundia que la cuestión referente a la causa de la caída del avión jordano. Un accidente, como sostiene el Gobierno de Amman, o resultado del impacto de un misil tierra-aire, igual a otros disparos con este tipo de armas que en Siria y en Iraq han abatido otras aeronaves, concretamente helicópteros, muchos más vulnerables que los cazabombarderos, que requieren cohetería de más sofisticación de la que normalmente disponen los milicianos del EI.

Lo más relevante del asunto revelado por el particular de la suerte del piloto, es el peso del factor checheno en la estructura del Estado Islámico. Un dato que, a su vez, traduce la profunda significación que comporta para la propia Federación Rusa como sujeto pasivo y objeto preferente del islamismo radical. Algo que le lleva a Putin, en términos objetivos, a no poderse desentender de la campaña internacional contra el llamado Estado Islámico, liderada por Estados Unidos. Este, a su vez, se ve forzado a “tragar” con el hecho de que esta misma campaña favorece a un régimen, el sirio, por el que profesa desafecto en el más alto grado de significación.

Pero no acaban ahí las contradicciones, cabría decir que lineales y en cada una de las áreas: la occidental y la rusa. Estados Unidos también tiene lo suyo en cuanto al yihadismo. Norteamericana fue la activación política del Islam cuando la invasión soviética de Afganistán. Algo en lo que se esmeró la CIA valiéndose de la religión, para su utilización político-militar en el conflicto aquél de creyentes en el Corán que, pasados los años, emergerían como profetas del terrorismo nuevo. Osama Ben Laden sería el paradigma de la nueva criminalidad enroscada en el tronco de las relaciones políticas internacionales entre Occidente y el mundo islámico. En su haber figura, con el 11 de Septiembre de 2001 la mayor agresión jamás sufrida por Estados Unidos en su propio territorio a lo largo de su historia como primera potencia mundial.
Pero, con todo, lo que el Estado Islámico (EI) ha venido a establecer es la evidencia de que uno de los pasos fundamentales, quizá el más principal de todos, para el avance del terrorismo integrista que ahora representa, fue, en el último cuarto del siglo XX, la embestida soviética, con su ateísmo dialéctico, en la penúltima guerra de Afganistán. Una operación que al margen de sus efectos letales para la sostenibilidad de la URSS en su pulso geopolítico con los E.UU. de Ronald Reagan, indujo y creó un nivel de respuesta que implicó la referida movilización islámica en cuyo viento medró la estrategia norteamericana y, de rechazó, vino a propiciar el incendio musulmán en los Urales y la recreación de la beligerancia chechena contra el Estado representado en un Moscú, antes soviético y después, luego del postovietismo, representado por la diarquía putiniana. Una ecuación que falsificó la democracia parlamentaria, restablecida por Boris Yeltsin, con la supresión de la alternancia en el poder – inherente a ella – tras la modificación constitucional en lo referente al establecido límite de dos mandatos presidenciales consecutivos.

El nudo ruso en el que se incubó el radicalismo islamista y terrorista – cuya última expresión es el EI – parece incluir en su complejidad la condición gordiana. Esa que demanda, para deshacerlo, el golpe de la espada.