USA – Cuba ¿un acto de racionalidad geopolítica?

Mientras está sobre la mesa de la política internacional el regreso de la cuenca del Pacífico como sede de referencias globales en lo político, lo militar y lo económico – tal como lo pudo ser durante el Imperio Español antes de su definitiva decadencia-, se ha venido a producir el hecho diplomático más importante de los últimos 50 años, excepción hecha de la caída de la Unión Soviética.

Pero si este suceso tuvo el efecto formidable de emancipar media Europa, incluyendo en el lote media Alemania, el restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana lleva en su vientre efectos, directos e indirectos, que afectan poco menos que masivamente, a corto y a medio plazo a toda la dinámica política interamericana.

En este ámbito hemisférico se vienen a entrecruzar las razones de oportunidad de este gran movimiento político cubano-estadounidense. Una de ellas concierne a la evolución de la influencia rusa en el continente americano, partiendo de la cabeza de playa que significó para ello la toma del poder por las armas del movimiento castrista. Y si de ahí en adelante La Habana se resolvió polo de irradiación ideológica y armada del castrismo en el mundo hispanoamericano, convirtiéndose de este modo, desde el sur de Rio Grande en adelante, en el marco más sostenido de la Guerra Fría. Un proceso y un tiempo en los que desde “el Bogotazo” en adelante la proyección soviética, tal como digo, incluyó desde la actividad guerrillera a la participación directamente política en Centroamérica, Venezuela y Colombia, a la revolución urbana y campesina en Argentina y Uruguay, además de la compleja peripecia, en el principio de los años 70, del Chile de la Unidad Popular, con la llegada al Poder de Salvador Allende y la larga prédica revolucionaria, durante varias semanas, de Fidel Castro por los campos y la minería del cobre chilenos.

Sabido de todos es el montante del arriendo estratégico de Cuba por parte de la Unión Soviética, en cuyo contexto, dentro de la Guerra Fría, se explicó la crisis de los misiles y la dependencia estructural del país de la ayuda soviética, aparte del fiasco norteamericano en Bahía Cochinos.

Es sobre toda esa base histórica, y cuando Vladimir Putin acaba de condonar la práctica totalidad de la deuda contraída por La Habana con los empréstitos concedidos por Moscú, además de la sustitución por la Venezuela del chavismo de las munificencias rusas con las que se ha paliado el fracaso económico de la dictadura comunista cubana, cuando sobreviene la tensión occidental por la crisis de Ucrania y el Kremlin, busca aproximaciones en unos casos y profundizaciones en otros dentro de Hispanoamérica; de la misma manera que en Asia, además de la ampliación y de la intensificación y de la colaboración con China, Rusia intenta y consigue hacer otro tanto con la India, como queriendo emular las alianzas del Moscú soviético con los Gobiernos democráticos de Nueva Delhi.

Con lo que cabe advertir en toda esta panorámica, el estatus político y diplomático iberoamericano de más de medio siglo, signado por el “caso cubano” en los referidos términos de interacción cubana con el resto de las soberanías, aportan una base lógica incuestionable a la lógica del cambio histórico operado en el estatus cubano-estadounidense. Tanto conviene señalarlo como advertir que sólo se está, todavía, en el principio del camino.