Como un milagro del difunto Nelson Mandela

Fue en Sudáfrica, cuando los funerales de Nelson Mandela. Casi en régimen de colisión física, de los dos presidentes, el de Estados Unidos, Barak Obama, y el de Cuba, Raúl Castro, medio de cruzaron y saludaron en los instantes previos al inicio de las exequias. Fue poco más que en un reflejo de recíproca cortesía, aunque hubo algo más que una luz en la expresión de los dos jefes de Estado, conscientes uno y el otro que la aparente casualidad del momento sería materia de comentarios lindantes y próximos a la textura y la estructura del análisis del análisis político.

No pudo ser aquello de otra manera. El corte político entre la democracia estadounidense y la dictadura comunista cubana se alzaba entre los dos personajes como un murallón de más de medio siglo. ¡Qué podría dar más de sí ese encuentro al rebufo de la casualidad y al aire de la común civilización y de la obligada cortesía en un global suceso funerario de Estado! Pero seguía, prendida del instante aquél, la cuestión de si todo lo poco de aquello podría ser preludio de algo común y diversamente esperado: la reanudación de relaciones diplomáticas -y por supuesto las económicas- entre una y otra parte…

La anomalía histórica del castrismo, fruto mayor en Hispanoamérica de la Guerra Fría, incluye un balance -muchas veces brutalmente expresivo- de crónicas tan dispares como la penetración del castrismo en África, volcando hacia el sovietismo la dictadura de Mengistu en Etiopía y rechazando la invasión de Angola por la Suráfrica del Apartheid. Pero en el mundo iberoamericano, por el contrario la exportación ideológica del sovietismo articulado en guerrilla ha sido causa, por una parte, de la distonía económica y la desestabilización social como detonantes del golpismo militar y, muy específicamente, de la eclosión dictatorial en el cono sur del hemisferio hispánico. Herencia de esa dialéctica fue hasta un pasado muy reciente -que llega hasta nuestros días con las FARC colombianas y sus secuelas en la producción y tráfico de la cocaína -.

La sombra de ese pasado es demasiado compacta como para que el restablecimiento de las relaciones entre Washington y La Habana se resuelva de inmediato en el levantamiento del embargo económico en que cristalizó el estatus quo entre los dos polos ideológicos y políticos de América. Esta normalización político-diplomática de la relación habrá de pasar, camino de la normalización de las relaciones económicas, por una dinámica de decantaciones geopolíticas -aparte del discurso opositor de la máquina republicana en el epílogo del mandato de Obama- que incluyen en primer lugar la amortización diplomática del reverdecido estatus de privilegio de las relaciones de Cuba con la Federación Rusa, potenciadas en estas fechas dentro del contexto de tensión global entre Moscú y las democracias integradas en la OTAN por causa de la agresión de Putin a la integridad territorial e independencia política de Ucrania. Un cuadro este que reproduce algo más que simples semejanzas con el mundo de la Guerra Fría.

En fin, mucho es lo que queda por hablar desde este cambio de página entre EEUU y Cuba, siempre demasiado importante para soportar secuestros de unos y de otros. Y cuando digo Cuba me refiero, antes que nada, a la libertad de los cubanos: tan sometidos al embargo político a que les constriñe el castrismo como sometida está su economía nacional al embargo norteamericano.