Colapso económico como coste político de la aventura militar rusa en Ucrania

Esta es la hora en que la huida de Rusia de la inversión extranjera por el desplome del rublo y el hundimiento de la Bolsa, suscita la cuestión de si a la definición de la guerra como “prolongación de la política por otros medios”, habría que acompañarla con la de la propia economía, como distinta prolongación de la política por otros medios también. Una prolongación arbitrada precisamente para evitar la guerra como consecuencia obligada de la política putiniana de forzar la revisión geopolítica de la – según el actual presidente ruso – “catástrofe” para el equilibrio global de poder que supuso la caída de la Unión Soviética.

Catástrofe, en términos reales, es la que ha ocasionado en la economía de la Federación Rusa la injerencia sistémica en la soberanía nacional y en la integridad territorial de Ucrania por parte de Vladimir Putin. Algo que ha llevado las cosas mucho más allá de dónde los rusos llegaron con la guerra de Georgia, durante los Juegos Olímpicos de Pekín, para la anexión de Abjasia y Osetia del Sur. Un episodio apoyado en la conversión de la lengua rusa, mayoritaria en tales regiones, como principio de legitimación desde el que proceder contra el proyecto del Gobierno georgiano de integrarse en la Unión Europea.

La reacción occidental de entonces no fue de comprensión y aplauso. Mucho menos lo ha sido lo sucedido en la patria de Bardiaev: el gran analista de la asunción rusa del liderazgo en el mesianismo eslavo, antaño hibridado con el marxismo-leninismo y hogaño utilizado como instrumento para amortización de la derrota sufrida por el imperialismo soviético. Pudo deberse entonces la más baja intransigencia transigencia occidental con el atropello ruso de Georgia, a la metedura de pata cometida por la OTAN con la impuesta segregación kosovar de Serbia.
Pero el asunto de Ucrania es harina de otro costal, con una importancia crítica que excede de largo aquél asunto bélico acontecido sobre la orilla oriental del Mar Negro. Nada tiene que ver, en términos de física newtoniana, el peso de Ucrania con el de Georgia, habida cuenta qué significa su gravitación sobre el limes europeo con Rusia por estar instalado en la misma constelación geopolítica que Polonia, Estonia y Lituania, todas éstas asomadas al Mar Báltico, dónde se ha disparado nuevamente la tensión, con la exhibición de músculo militar por parte de la aviación rusa, seguida de réplicas de disuasión desde el lado de la OTAN.

Está por ver, vueltos a las reflexiones iniciales de esta nota, cuánto pesará en el corto y el medio plazo el desplome económico ruso ante el efecto conjunto de las sanciones occidentales y de la caída del precio de los hidrocarburos. Lo que está bastante claro es que el Moscú de ahora, como el demorado casi tres cuartos de siglo Moscú soviético, no midieron el peso real y la potencia efectiva de su economía para poder soportar el coste de sus políticas imperiales. Debe ser muy complicado traducir a magnitudes económicas efectivas y manejables un conjunto nacional embuchado en ocho husos horarios: desde Vladivostok a Kaliningrado.