El yihadismo, en las antípodas

La brotación en la ciudad australiana de Sídney de un suceso de terrorismo yihadista, con el secuestro de un grupo de rehenes, por parte de un iraní residente allí desde hace varios años; rehenes que han sido liberados al cabo d 15 horas mediante un asalto de la Policía, supone una novedad geográfica en la medida que nunca por aquellas latitudes se había producido un hechos de estas características; aunque sí por el Extremo Oriente había registros de este tipo de violencia religiosa en Indonesia, y también en Filipinas. Ligados a las minorías musulmanas allí existentes desde hace muchos años: los llamados “moros” (en el caso filipino) por las mayorías cristianas durante el tiempo de su pertenencia a la Corona española, y antes de que el dominio norteamericano, después de 1898 erradicara del archipiélago la huella hispánica en lo lingüístico y lo cultural.

Más allá del debate académico de primera hora sobre si el asaltante podría pertenecer a un grupo islamistas de musulmanes radicados en Australia, al igual que los existentes en las sabidas comunidades islámicas de Occidente, o, por el contrario, se ha tratado de lo que se dado en llamar un “lobo solitario”, lo que me parece más relevante, en todo caso, es el dato de que el individuo en cuestión sea un iraní. Una procedencia nacional que no figuró hasta el momento – al menos que yo sepa- entre las contabilizadas como originarias de muchos de los combatientes enrolados en la causa del Estado Islámico (EI) dentro de Iraq o de Siria.

Pero este dato de la condición iraní del asaltante de Sídney, con ser relevante en sí mismo, lo sería mucho más si a su pasaporte persa y a su condición musulmana se añadiera el rasgo chií de la mayoría de sus compatriotas, lo mismo que en sus vecinos iraquíes. El hecho de que el sujeto en cuestión forzara presumiblemente a uno de sus rehenes para que mostrara sobre una tela negra, a través del cristal del establecimiento en que hizo el secuestro, el texto coránico de que “No hay mas Dios que Alá”, expresa su propia adhesión a la causa del “califa” Al Bagdadi”: un radical del sunismo iraquí más significado en la enemiga mortal contra el mayoritario chiísmo imperante a una y otra orilla del Chat el Arab, que separa a iraquíes e iraníes en la parte fluvial de la frontera que los separa.

La pregunta que plantea la adhesión gráfica del terrorista iraní de Sídney – más allá de si pertenece o no pertenece a un grupo de iraníes – es la de si la adhesión a la causa del Estado Islámico que él ha manifestado con la bandera negra, tiene alguna relevancia numérica entre sus compatriotas. Si fuera así estaríamos ante un factor muy significativo en lo que respecta a la condición religiosa del régimen de los ayatolás. Un sistema que políticamente se ha significado por su enemiga al Estado Islámico y del que se asegura que participa militarmente en la guerra que le hace el Gobierno de Iraq.

Será del mayor interés seguir la evolución de este suceso de terrorismo islámico en Australia.