Encrucijada terrorista, islamista y política

Fuerzas kenyanas mataban ayer en territorio somalí a un centenar de milicianos que horas antes habían asesinado a 28 de los pasajeros de un autobús con destino a Nairobi tras comprobar que no eran musulmanes. Era el desenlace de la última de las atrocidades del Estado islamista (EI) a las que se acaba de apuntar el mismo grupo somalí que meses atrás llevó a cabo una matanza en la capital del mismo país dentro de un centro de consumo con normal concurrencia de público extranjero.

Ambos sucesos han ocurrido cuando este lunes se cumple un plazo crítico en las negociaciones sobre el programa nuclear de la República Islámica de Irán de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania con el polo islámico del chiísmo, en el otro extremo del legado doctrinal de Mahoma.

Acaece la atrocidad del islamismo somalí cuando a la respuesta internacional en forma de alianza político – militar, con los bombardeos de las posiciones en Iraq y Siria de sus combatientes, alcanzan resultados significativos – incluidos en ellos la eliminación parcial de su grupo dirigente -. Sobreviene esta posible respuesta del Estado Islámico dentro del espacio más tempranamente islamizado al aire del tráfico esclavista, muy cerca de la frontera del Estado fallido de Somalia y dentro del territorio keniano, esta matanza a manos de la milicia somalí de Al Shabaab.

Las hazañas de este fanatismo terrorista tienen desarrollo paralelo por la vertiente atlántica de África, donde Boko Haram, en Nigeria, se aplica a la muerte de escolares, o al secuestro de los mismos cuando son del género femenino. El terror militante se aplica allí contra la enseñanza en los patrones culturales de Occidente, desde el lema de que esta cultura es pecado… Pero las brotaciones de este ébola islamista, que cunde por el mundo africano en términos de metástasis galopante, se ha venido a reproducir en Europa por vía de “vocaciones” para enrolarse y militar en los cuadros del Estado Islámico (EI) que operan en Iraq y Siria. Aunque es en el conjunto de franjas hemisféricas del Continente Negro –norteafricana, sahariana, saheliana y tropical – donde se advierte un ritmo expansivo de las militancias en el activismo islámico dentro de dos líneas convergentes: las del yihadismo originario de la primitiva Al queda, ahora dirigida el egipcio que sucedió a Ben Laden, y los grupos de nueva planta surgidos en Siria, Iraq y el Egipto posterior al derrocamiento del presidente Morsi, cuyo referente es el proyecto del Estado Islámico del “califa” Al Bagdadi, empeñado en la restauración política de la Umma o comunidad global de los seguidores de Mahoma.

Este tramo de convergencia organizativa de todos los yihadismos en los escenarios extraeuropeos se suma a su vez en la brotación -principalmente de europeos – del referido voluntariado, procedente en su mayor parte de individuos surgidos de las comunidades musulmanas asentadas en la Unión Europea. Y resulta probable el incremento de las aportaciones asiáticas, como la de China, en la medida que pueda aumentar la libertad de movimientos para poder llegar a los puntos de recluta en Oriente Medio.

Desde esta perspectiva es de la mayor importancia el papel que pueda jugar esa República Islámica de Irán, involucrada en las negociaciones de los Cinco más Alemania y que este lunes llegan a un punto crítico que ha de superarse para que los persas, desde su hegemonía en el mundo del chiísmo, puedan cooperar a la desactivación de los aberrantes sueños imperiales del terrorismo suní. No cabe la indiferencia analítica ante la encrucijada, islámica, terrorista y armamentista, de estas horas.