¿Se dispara y multiplica la respuesta talión?

Servida está la nueva Intifada palestina. Mientras se considera a estas horas en qué puede quedar el “puño de hierro” con el que amenazó Benjamín Netanyahu, después del doble atentado palestino en Jerusalén, contra una sinagoga y otra dependencia religiosa adjunta a ésta, con víctimas especialmente cualificadas por su condición de rabinos y por su doble nacionalidad, norteamericana y británica, y luego de que haya tomado cuerpo la iniciativa de nuevos Gobiernos europeos de la UE -sumándose a la iniciativa de Suecia – de reconocer ya condición de Estado a la ANP (Autoridad Nacional Palestina). Algo más que en la estela de la votación habida el año pasado, durante la Asamblea General de la ONU, cuando se le reconoció la condición internacional de Estado Observador.

La cristalización de este nuevo escenario político para la comunidad palestina en el Próximo Oriente, puede tener la virtualidad de condicionar la calidad del hierro con el que el gobernante israelí suele empuñar sus decisiones con los descendientes de los filisteos, especialmente con aquellos instalados en la violencia terrorista de Hamás, acuartelados en el gobierno de la Franja de Gaza y nuevamente enfrentados con las huestes de la OLP, que constituyen la base política de Abu Mazen, presidente de la Autoridad Nacional Palestina y, desde ello mismo, el rostro internacional de la causa nacional palestina. Un personaje al que Netanyahu, en un primer momento, quiso involucrar en las responsabilidades palestinas por el asalto a la sinagoga.

Pero ocurre que las cosas también han cambiado en el escenario del Estado Judío y de sus vecinos palestinos además de la inquietante novedad que en la región supone el debut histórico del Estado Islámico (EI) de “califa” Al Bagdadi. Fenómeno que en tiempo record se ha alzado con el primado de la violencia terrorista de base islámica.

A este propósito muchas son las razones por las que volver una vez y otra a considerar las circunstancias que explican el porqué de este fenómeno, de tan brutal violencia y plurales ingredientes. Así, mientras en comentario anterior cabía señalar la “mutación genética” de la cultura islámica como base estadística de este tipo de cristalizaciones terroristas en que se tipifican los diversos yihadismos ahora cursantes, correspondería hoy, a la vista de los reiterados casos de jóvenes europeos – muchos de clase media y algunos de extracción católica – que se convierten al Islam en algunas de las muchas mezquitas que proliferan en nuestro entorno, y luego se incorporan a los reclutamientos del Estado Islámico, llegando en su insospechable peripecia vital, por Siria o Iraq, a participar en los propios degollamientos de rehenes occidentales, tal como se comienza a saber ahora.

Pero como también llega a conocerse a estas horas, tras de los análisis sociológicos de los expertos, es que un significativo número de estos jóvenes europeos conversos al Islam y enrolados en la novísima y fanática barbarie, proceden de las clases medias y resultan captados en los tráficos de las redes sociales. Como fácilmente se advierte, el “ébola islamista”, a día de hoy y en tanto no se aplique una estrategia de prevención sanitaria, compone un riesgo de mucha más amplia probabilidad y compacto riesgo que el de la actual peste asentada en el África Occidental. Habrá que pensar menos en “taliones” frente al terrorismo y más en prevenciones políticas, ante la proliferación de reservorios de barbarie brotados de la asimétrica libertad religiosa consentida con el Islam.