El precio del crudo cae sobre la cabeza de Putin

Los bocados rusos en el costado oriental de Ucrania, cuando la OTAN denuncia la penetración desde el Este de carros de combate y camiones cargados con pertrechos de guerra que incluyen equipos antiaéreos – posiblemente del tipo del que derribó el avión malasio- hasta el escenario reactivado tras de la tregua pactada en la capital de Bielorrusia, y mientras se habla ya de una nueva tanda de sanciones occidentales sobre la atribulada economía que soporta los delirios territoriales de Vladimir Putin, la caída sostenida del precio del crudo aporta lo que pudiera ser el formato global de condiciones para que Moscú se avenga a considerar los críticos presupuestos geoeconómicos de su “aventurerismo”, como hubieran dicho los soviéticos que le precedieron en la gestión del Kremlin.

Sin embargo, lejos de amainar en sus desvaríos neoimperiales – que en algunos de sus aspectos parecen remedar la irrealidad de los sueños musolinianos – la práctica internacional del putinismo insiste en actuaciones y formatos que rebasan, en ciertos de los casos, los límites que se alcanzaron en tiempos de la Guerra Fría. En ese orden de cosas, afloran ahora noticias que concretan enunciados de política de defensa que se hicieron hace unos pocos años, tales como el despliegue por todos los cielos y por todos los mares de todo el armamento estratégico; así los bombarderos nucleares, como nunca hicieron hasta ahora, se han asomado a los balcones de la costa norteamericana en el Atlántico y, dentro del Mar Negro, lo han hecho sobre franjas y límites que han llevado al despliegue replicante de la OTAN. Habiendo sucedido lo mismo en el Báltico, incluso con la detectada incursión de un submarino en aguas territoriales de Suecia.

Como no puede ser de otra manera, el Nicanor ruso sólo toca en verdad el tambor de guerra en concretos segmentos espaciales definidos en su significación por la proximidad crítica con lo que fueron los “limes” de la URSS, cuya desaparición – como Putin ha dicho y repetido – considera como una “catástrofe geopolítica”. Algo que, en ciertos de sus aspectos, parece dispuesto a enmendar. Aunque sin reparar, mucho ni poco – como en el tardosovietismo – en la realidad económica de las limitaciones económicas rusas.

Pero hay otra realidad que se ha cruzado contra el discurso de sus sueños en términos de contradicción poco menos que brutal. Me refiero a la irrupción del Estado Islámico, con su incidencia bélica en el “protectorado” sirio de Moscú. Ello parece propiciar, desde la lógica de la Alianza Internacional contra ese terrorismo, que Washington revise su antipatía política al régimen de los Assad desde la práctica de guerra en la que concurre centralmente contra la última eclosión del yihadismo, al tener a éste como enemigo compartido con el régimen de Damasco. Por ello cabe decir que si fraguara el acuerdo americano con Damasco en esta cuestión, se habría establecido la base para un cambio diplomático de consecuencias letales para la instalación histórica de Rusia allí.

Aunque un proceso de tales características habría de conllevar “participación” de Israel, dado que, técnicamente, el Estado judío se encuentra aún en estado de guerra con Siria. Sería algo, respecto de Rusia, que le pesaría más que la caída del precio del crudo por debajo de los 80 dólares el barril.