Tensión crítica en Jerusalén

Más que si hubieran dado marcha atrás a las vísperas de la Segunda Intifada, allá por los tiempos del general Sharon en el vértice del poder judío, el cierre israelí de la Explanada de las Mezquitas, impidiendo así el acceso a éstas – que forman el Tercer Lugar Sagrado del Islam -, un día después del atentado contra un radical hebreo de pasaporte norteamericano y doble nacionalidad, estadounidense e israelí, constituye una decisión de alcance crítico que rebasa los niveles de tensión habidos aquel entonces. Cupo pensar que un cuadro así no se repetiría después de la Guerra del Ramadán o del Yom Kipur, en el otoño de 1973, a la que sucedió la paz de Israel con Egipto, que recuperó el Sinaí y normalizó las relaciones entre Tel Aviv y El Cairo.

Luego de aquello, la conflictividad entre Israel y los árabes tuvo sus hitos de mayor violencia en los sangrientos episodios de Gaza pero carecieron estas ocasiones del aliento de totalidad que ha venido a resucitar el cierre de la Explanada de las Mezquitas, por solaparse ahora mismo, frente al Gobierno de Benjamin Netanyahu, el factor islámico y el componente nacionalista árabe: que en los últimos tiempos habían llegado a un nivel de disociación extremo. En ocasiones, incluso de antagonismo, especialmente en el caso de Egipto, con el golpe de Estado -militar nacionalista- contra el Gobierno de los Hermanos Musulmanes. Éstos han convertido el recuperado Sinaí en escenario de los ataques yihadistas contra el Gobierno militar de Egipto, revalidado electoral y democráticamente en los últimos comicios alebrados junto al Nilo.

La ejecutoria de los Gobiernos de Netanyahu, tanto en Gaza – por las actuaciones de terrorismo generadas por Hamás -, como con la colonización urbanística en la parte oriental de Jerusalén, motorizada ideológicamente por, el actual ministro de Asuntos Exteriores, ha ido generando sin pausa unas condiciones de conflictividad abierta, de enfrentamiento, que parece haber llegado ahora, con el cierre de la Explanada de las Mezquitas, a un punto de difícil retorno.

Pero añadidamente, como fácil resulta advertir, el grave deterioro de la coexistencia árabe-israelí viene a producirse en un contexto tan singular y peligroso como el precipitado por el Estado Islámico (EI). La hipótesis de una reintegración en cierta sustancial unidad de propósito de nacionalismo y yihadismo, no es algo descabellado y sí muy de temer no sólo en el Próximo y Medio Oriente sino también en el África del Sahel, donde el reservorio del yihadismo se proyecta sobre la cornisa norteafricana, a la vista de Europa, y también sobre los musulmanes del África negra, desde Nigeria hasta Kenia y sus entornos ya infectados de yihadismo.

El Israel de Netanyahu está incurriendo, con actuaciones como esta de la Explanada de las Mezquitas, en irresponsabilidades de proyección global, patentes en muchos de los análisis que se hacen a estas horas. Estos sucesos en Jerusalén han generado una tensión que sólo puede calificarse de crítica.