Rusia: tras la agresión la injerencia sistémica

La partida de ajedrez que se sigue jugando en la crisis de Ucrania se abre a un nuevo episodio táctico con las elecciones que se libran el próximo domingo en Donestk y Lugansk, dentro del plano teórico de los acuerdos suscritos el 5 del pasado septiembre en Minks, la capital de Bielorrusia, en el marco de la OSCE. Estas urnas, con formato entonces suscrito de condición local y rango diríamos que autonómico, deben entenderse ya como escenario, para la aplicación de los acuerdos suscritos en la citada ciudad y poco menos que como patrocinio de la OSCE, el ente internacional para la cooperación y la seguridad en Europa.

Sin embargo, el horizonte de esta consulta poco tiene de seguridad y menos todavía de cooperación. El discurso oficial de Moscú sobre este particular se desliza a través de una trocha que arranca poco menos que del reconocimiento y aceptación, por las fuerzas prorrusas que dominan los censos de ambos espacios del sureste ucranio, de sendos estatutos locales de autonomía, al reconocimiento de uno y otro ámbito como entes internacionalmente reconocidos. Entre una y otra fórmula o escalón de personalidad política y administrativa se viene a instalar, por parte de Rusia y para sí misma, una función arbitral que sanciona para estas dos entidades del sureste Ucrania, la condición y naturaleza de “zona gris” conforme la tipología o categoría geopolíticas acordadas por Stalin, Roosevelt y Churchill en la localidad de Yalta, para diferenciar los distintos tipos de instalación e influencia de las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial dentro de Europa.

Así, de este modo, Putin se prepara para posiblemente  – según sus cálculos – cerrar este importante capítulo de la crisis de Ucrania, como parte primordial del proceso de restitución de los “estragos” sufridos por Rusia con la “catástrofe geopolítica” que, según él, fue la desaparición de la URSS. Luego de lo que fue la guerra relámpago, de sólo cinco días, en Georgia, con la que se anexionó Osetia del Sur en el verano de 2008, el gris marengo con el que ha vestido el Sureste de Ucrania – además de la anexión de Crimea -, entenderá Putin que ha cubierto “rescates” de primer orden sobre el espacio estratégico del Mar Negro.

Aunque un cosa es lo que entienda como propio la diarquía gobernante (Putin y Medvédev en el Kremlin) y otra, bien diferente, aquello que la alianza euro- norteamericana esté dispuesta a aceptar. El juego de las sanciones económicas está muy lejos de haber entrado por cauces que lleven a una visible y próxima conclusión. De algún perceptible modo, a poniente de Ucrania y por vía de una estrategia de interconexión energética, se comienza a establecer un camino que permita desactivar la coacción rusa montada sobre la esgrima de los grifos con los suministros de hidrocarburos a las distintas Europas. Una opción en la que a España se le deben deparar oportunidades de rentabilidad geopolítica no vislumbrables antes de la crisis de Ucrania. Y siempre que Francia tenga a bien abrirse a los enlaces.