Urnas de sabor geopolítico en Brasil y Ucrania

La raspada victoria de la presidenta Rousef en las elecciones brasileñas del domingo, que ha sido saludada por las Bolsas de allí con desplome de las cotizaciones de este lunes, al consolidar la continuidad frente a la alternativa liberal, ha coincidido en fecha con las urnas de Ucrania dónde ha prevalecido la continuidad de la eurofilia representada por el presidente Poroshenko y su Primer ministro Yatsenyuk , ha percutido contra las pretensiones rusas de construir el Sureste ucranio, al modo soviético en la Conferencia de Yalta, después de la Segunda Guerra Mundial, una Zona Gris, de influencia compartida entre los dos bloques.

Ejemplo de aquello, y muestra de una excepcional conducta limpia por parte de Stalin, fue el modo con que respondió éste a las reclamaciones occidentales contra la continuidad de la guerra civil en Grecia –perteneciente por el pacto de Yalta a la zona occidental -, a resultas de que el general Markos, con sus guerrilleros comunistas, se replegaba sin problemas por las abiertas fronteras de los países comunistas del entorno ( Albania, Macedonia – en la Yugoslavia de entonces – y Bulgaria) cada vez que apretaban las fuerzas regulares del anticomunista general Papagos. Stalin accedió, las fronteras se cerraron y acabó la guerra civil en Grecia.

La actual pretensión de Vladimir Putin, tal como queda dicho más arriba, es de convertir en “zona gris” el Sureste ucranio por medio de una manipulación prorrusa de los desglosados procesos electorales, mediante la cual los ruso hablantes accederían a un estatus geopolítico poco menos que de protectorado. Un resultado teóricamente basado en los acuerdos de Minks del pasado septiembre, suscritos bajo los auspicios de los OSCE, y prácticamente asistido con el esfumado de la frontera ruso-ucraniana, conforme la pretensión de Moscú de que la OSCE mantenga el actual insuficiente control militar de la divisoria, haciendo abstracción de que las circunstancias han cambiado sustancialmente tras de la anexión de Crimea y luego del hecho que las tropas rusas, frente a lo que insiste en repetir el presidente Putin, no han sido significativamente replegadas a sus acuartelamientos previos al estallido de la crisis de Ucrania, desatada por la revolución que hace un año derribó al Gobierno títere anterior, opuesto a la entrada del país en la Unión Europea y en la Alianza Atlántica.

Descontado que el presidente Putin sigue con la murga de que su misión es remontar las catastróficas resultantes geopolíticas de la desaparición de la URSS, en el foro de Sochi, por él organizado, poco menos que se ha dado de baja en la aceptación del status quo resultante de esa supuesta catástrofe. Un estatus definido en protocolos reguladores de lo que ha sido la relación Este-Oeste desde que Gorbachov echó abajo el telón en el escenario de las relaciones internacionales.

El peso de otras asimetrías (las socioeconómicas) es el que se ha evidenciado el pasado domingo en las elecciones brasileñas, con unas resultantes nada del gusto de los mercados, por desacordes con las expectativas de cambio que en el mundo económico cursaban al hilo de esas urnas. Los mercados también tienen sus geopolíticas, disonantes a veces con las de la democracia.