Yihadismo en Canadá

La noticia de que un “camello” convertido al Islam haya dado muerte en Otawa al soldado que montaba guardia junto al monumento a los Caídos canadienses, situado junto al Parlamento nacional, y que luego, tras de acceder al interior de la Cámara, fue abatido por el responsable de seguridad de la misma institución, ha llamado especialmente la atención pese a que el yihadismo y sus atrocidades sea, de un tiempo a esta parte, asunto de absoluta actualidad. Es como si no nos acabáramos de percatar que el hecho de la globalización es realidad que abarca a todo tipo de cuestiones, desde la economía a la política, desde ésta a la guerra y, a su vez, desde la violencia bélica, por extrapolación, a la violencia terrorista como última forma y expresión de lo bélico.

Pero lo que ha sorprendido y extrañado a la mayoría de la gente es que el suceso haya acaecido en Canadá, ámbito tan alejado del Oriente Medio, aunque menos ajeno de lo que el común entiende sobre los hilos de causalidad que enlazan unos hechos con otros. Canadá, como miembro de la OTAN, había horas antes del suceso, participado en uno de los muchos bombardeos con los que la alianza internacional contra el Estado Islámico (EI)tiene sitiada la ciudad kurdo-siria de Kebane.

La cuestión que merece el comentario es otra que la de proximidades y lejanías de las naciones implicadas en la urgida represión de la barbarie yijadista del EI. El problema aflorado ahora en Canadá, lo mismo que en ocasiones anteriores lo ha hecho en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos – con ataques de islamistas a militares -, es el de la instalación migratoria de las comunidades musulmanas en las retaguardias sociales de los países de Occidente. Sin esas plataformas demográficas, los rangos de probabilidad de las brotaciones yihadistas en Occidente sería infinitamente más reducido.

Por mucho que lo musulmán, como instalación individual y social en una legítima opción religiosa, sea inobjetable desde el respeto a la libertad de las personas, no puede menos que reconocerse el fondo de inestabilidad ideológica que anida en tales circunstancias sociológicas creadas por la dinámica de las migraciones habidas en la pasada centuria, tanto por el desarrollo económico occidental como por efecto de los procesos de descolonización habidos después de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que más habría que destacar en el análisis de la violencia islamista es la potentísima variable del fundamentalismo; es decir, de la fusión y confusión en un mismo enunciado, del discurso político y la norma religiosa coránica.

Del integrismo político resultante de esa hibridación surgió la vía abierta por Osama Ben Laden con Al Qaeda, de la que el Estado Islámico (EI) es una, franquicia: una rama a la que podrían seguir otras más. Aparte, claro está, de los “lobos solitarios” genéricamente amamantados en las comunidades musulmanas de Occidente. Y a los que posiblemente pertenecía el tal Zhaf Bibeau abatido en el templo de la arcadia política canadiense.