El pacto turco con los kurdos

La apertura turca al paso de los kurdos del PKK hasta la sitiada Kobane, en el Kurdistán sirio, sitiada por el Estado Islámico, en la misma ocasión en que la aviación aliada ejecuta el mayor bombardeo sobre las huestes yihadistas que ponen sitio a la ciudad, y al tiempo que por el mismo medio aéreo suministra a los sitiados armamento pesado en términos que no lo había hecho hasta ahora, para equilibrar sus recursos defensivos frente a los blindados de que disponen los sitiadores, tomados en su día al desmembrado ejército iraquí, marca el que puede ser el punto de inflexión en la campaña multinacional contra las huestes de Al Bagdadi en el norte del Estado sirio.

De consolidarse este cambio de la guerra internacional contra el yidadismo – que ha deglutido en términos de identidad la propia guerra civil que libraba el régimen de Bashar al Assad contra sus adversarios alzados en armas contra el mismo- el conflicto podría virar de inmediato hacia el Este, sobre tierras del Kurdistán iraquí, y luego hacia el Sur, Mesopotamia adelante, para auxiliar a las tropas del Gobierno de Bagdad. Un poder que se mantuvo funcionalmente desvertebrado por la exclusión de los suníes desde la derrota política de éstos en las últimas elecciones allí celebradas, primeras en democracia, al convertir en votos los chiíes la mayoría demográfica que siempre representaron en aquel Estado.

La apertura turca de su territorio a los kurdos del PKK para que ayuden a sus congéneres nacionales cercados en Kobane -pese a la condición beligerante de éstos frente al Gobierno de Ankara – ha liberado en principio uno de los factores esenciales para que el Estado Islámico acabe por encontrar en las fracciones del Kurdistán – desde Turquía y Siria hasta Iraq y la República Islámica – el rango de respuesta político-militar capaz de frenarlo en el Oriente Medio. Y acaso derrotarlo después en todo Iraq y la correspondiente parte de Siria, si en ambos escenarios se consiguen los consensos políticos necesarios.

Algo tan arduo como las precedentes campañas militares de los aliados, si es que éstos son capaces de movilizar los combatientes necesarios para ocupar el terreno militarmente laboreado por el más que sobrado despliegue aéreo de la alianza internacional contra la pieza mayor del Yihadismo.

Pero ocurre también que si muchos son las interrogantes de base militar que tiene la campaña contra el Estado Islámico, desde la batalla de Kobane en Adelante, lo son mucho más las interrogantes y las incógnitas que comparecen en el campo político. Si en lo que toca a Siria aparece el rebote diplomático ruso-americano por la crisis de Ucrania – que comprende demasiados componentes sistémicos capaces de obstruir convergencias capitales para el acuerdo -, en lo que corresponde a Iraq y sus chiíes, el viento favorable a la colaboración de éstos y de sus hermanos de secta iraníes – que se derivaría del acuerdo de las cinco potencias occidentales con el Gobierno de Teherán sobre el programa nuclear de la República Islámica – podría chocar frontalmente con el recelo de las petromonarquías árabes del Golfo, tan presentes ahora en la participación militar para la debelación aérea el Estado Islámico como lo estuvieron en el pasado con la financiación de los ocho años de guerra de Sadam Husein contra la Revolución Islámica del Irán del Imán Jomeini. Aquella cosa tenía algún que otro parecido con el Estado Islámico, bien que sin incurrir en el terrorismo y las atrocidades de toda laya que son el signo de identidad de éste.