Milán: ¿una cumbre para nada?

Sólo faltaba a la estéril Cumbre Euroasiática de Milán, hecha de acuerdos sin sustanciar sobre el problema del gas que se cierne como una sombra sobre Ucrania, la noticia de la detección de un submarino espía en el Mar Báltico, frente a la costa de Suecia, al registrarse fuera de rumbo autorizado, sin clave y emitido en lengua rusa, una llamada de socorro dirigida a la base Kaliningrado, y seguida luego de otras emitidas sin encriptación. Un incidente que se suma al recientemente registrado entre Polonia y Rusia a propósito de la presencia en un vuelo comercial sobre el espacio polaco de alto mando militar de la Federación. Tanto una cosa como la otra abundan en la percepción general de que se ha vuelto al clima de Guerra Fría, especialmente desde la injerencia política y actuación rusa en la crisis de Ucrania.

Pero lo que se ha evidenciado de manera muy clara es la grave jerarquía temática del problema del gas ruso – sobre el que esta semana continuarán los contactos entre Ucrania y Rusia, luego de los habidos en Milán entre Petro Poroshenko y Vladimir Putin, sentados en la misma mesa con la canciller Merkel y el presidente Hollande, después del severo repaso que la dirigente alemana dio al ruso por su ejecutoria encaminada a corregir las supuestamente catastróficas “consecuencias geopolíticas” derivadas según Putin de la desaparición de la Unión Soviética.

Resulta de ello que la percepción de que la Guerra Fría ha vuelto, es algo cada vez más compartido tanto por los observadores políticos como desde las cancillerías. Algo que de otro punto viene a subrayar el hecho de que el alto el fuego en el Sureste de Ucrania no ha llegado a cuajar, teniendo visos de improbabilidad en el corto y medio plazo. Por lo mismo debe tomarse nota sobre el particular de la Guerra Fría, puesto que la pasada ofreció un amplio catálogo de conflictos armados en todos los Continentes, pero no en Europa; mientras que ahora el escenario bélico de tensión, sigue residenciado, por Ucrania, en Europa. Pues nada tiene que ver con lo considerado el asunto del Estado Islámico, cuyas proyecciones últimas alcanzan tanto a los occidentales como a los rusos, por tener unos y otros a los yihadistas dentro de sus respectivas fronteras.

Es el gas, sin embargo, el factor de la actual crisis ucraniana que más relevancia presenta. Y lo hace no sólo en la relación bilateral entre Moscú y Kiev sino, en términos finales, para el conjunto europeo. El gas materializa la capacidad de presión, y de extorsión, de Rusia tanto sobre Ucrania como sobre los Estados Europeos alineados en apoyo de una nación que encara sus actuales problemas con Putin por querer compartir su destino con ellos, integrándose en la Unión Europea. Sin embargo, teniendo la seguridad energética el peso estratégico que tiene, no se avizora el propósito ni la específica voluntad europea de organizarse para su emancipación de la dependencia energética de Rusia. Algo más que avizorable desde la perspectiva de lo ocurrido en la Cumbre Euroasiática de Milán.