Hong Kong, problema para Pekín

Los manifestantes de Hong Kong no quieren una democracia intervenida, gestionada y controlada desde la otra parte del sistema, cuya bandera es la enseña roja de Pekín. Su apuesta por una democracia liberal plena, excluye el control menos que remoto por parte de la fundación maoísta que se pilota desde la Ciudad Prohibida, es tanto como un desafío de principio. Algo de imposible aceptación para el régimen gobernante del conjunto. Es inaceptable esa apuesta: incluye tanto la libertad de voto, de elegir, como la de poder ser votado y concurrir a las urnas como elegible. Demasiado para Pekín, aunque el acta de descolonización de Hong Kong se rigiera por la fórmula de un país, China, y dos sistemas: el comunista y el demoliberal.

Al cabo de los pocos años transcurridos desde la descolonización británica de Hong Kong, la mixtura se ha revelado impracticable. El detonante ha sido el exceso de celo con que la autoridad delegada que gobierna la excolonia condimentó la represión de las iniciales demandas – principalmente del estudiantado – de una mayor transparencia política en la gestión gubernamental de la ex colonia. La fórmula hasta ahora vigente – Pekín elige a los elegibles y los hongkoneses votan a los candidatos así elegidos – es apaño ya gastado: ha dejado de ser practicable, porque los votantes rechazan esa mixtura de intervenida libertad de voto.

Aunque para el régimen de Pekín el problema no acaba ahí, pues hasta cierto punto el problema interno de Hong Kong podría ser lo de menos. La incompatibilidad de los dos sistemas entre sí – que en la ex colonia se reduce a una cuestión formal de limitada soberanía de voto – se manifiesta en términos más radicales en el resto inmenso del régimen y el Estado chinos. Lo que chirría allí es la mixtura, el hibridaje, de una dictadura gobernada por el Partido Comunista y de una economía de mercado de espectacular musculación capitalista.

Lleva ello a sugerir la pregunta de si lo que más inquieta al régimen de Pekín, a la vista de lo que ahora ocurre en Hong Kong, es menos el riesgo de su descontrol político si se depuran los mecanismos democráticos tal como exigen los manifestantes, que el coste sistémico de que ello se tradujera sobre el régimen que el Partido Comunista de China administra desde Pekín sobre el conjunto de la nación, de eso que siempre han llamado desde allí el Imperio del Centro.

Una cabal democracia hongkonesa, cabe pensar, acabaría siendo algo más que simple puñado de arena en los engranajes del sistema híbrido chino de dictadura política y libertad de mercado. Ese icono de prosperidad económica instalado en la plenitud democrática, difícilmente sería aceptado por Pekín dentro de sus límites soberanos. Sería tanto como invocar fantasmas que acabarían desembocando, puertas adentro, en otros escenarios de represión como el que magnificó para siempre la brutalidad de Tiannamen.

Pekín no aceptará, cabe pensar, el desafío que implícitamente le hacen los manifestantes de Hong Kong.