Junto a los bombardeos, controlar las afluencias

Expertos europeos en seguridad antiterrorista convienen en la adecuada estimación de que una masa de 3.000 individuos se encuentran en el trance de intentar incorporarse de inmediato a la Yihad o Guerra Santa que sus correligionarios libran Siria contra el régimen chií de los Asad, parasitando así, y desviando, la lucha que primero emprendieron la mayoría de suníes “normales” que forman la población de ese país, junto con núcleos importantes de cristianos y fieles de otros credos. Lo mismo que ocurre en otras fracciones regionales del primigenio Kurdistán.

La cuestión, en este punto, estriba en que tales individuos no proceden de cualquier parte del mundo más o menos próximo al escenario sirio y también iraquí de la contienda, sino específicamente del mundo occidental; principalmente de la Unión Europea, aunque también se tengan documentados flujos de yihadistas originarios de Estados Unidos. La base genética de estos individuos son las comunidades musulmanes radicadas en Occidente, ajenas en su inmensa mayoría a la tentación de esta militancia de cristalización terrorista. Aunque tales núcleos culturales constituye la condición necesaria para que cuaje en ciertas de sus minorías el virus del fanatismo asesino.

Pues bien, lo que preocupa a los Servicios de Seguridad en los correspondientes ámbitos es que quienes para el dicho propósito viajan al Oriente Próximo reciben, en sus respectivos puntos de destino, instrucción en el manejo de armas y empleo de explosivos, además del correspondiente baño de radicalización ideológica. Lo que es del mayor interés y gravedad, puesto que al regresar a sus puntos de origen – si es que no se han dejado la piel en la aventura – operan como esporas que trasmiten la patología ideológica en el espacio comunitario del que proceden. Se trata, como fácilmente se advierte, de algo más que de un peligro potencial o supuestamente teórico. La cuestión no es otra que la de impedir la fermentación yihadista en el seno de las comunidades islámicas occidentales, especialmente en las europeas.

Se puede decir y se debe entender que el control de quienes viajan al Oriente Próximo desde este mundo nuestro y perteneciendo a las referidas comunidades islámicas, es respuesta no solamente racional sino lógica y urgente. La cuestión del EI es de tal profundidad que ha hecho del todo verosímil que la República Islámica de Irán pudiera acceder a la petición del presidente Obama de que colabore en el orden político y militar, concretamente en el escenario iraquí, sin que ello afecte a las condiciones generales establecidas en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní.

Evitar el rebote en Occidente del contagio yihadista por vía de control de quienes viajan a Siria e Iraq, es tarea de tal urgencia y jerarquía global como la de confinar en África – y dentro de África entre sus diversos Estados – el problema del Ébola. La globalización es una constante actual que afecta a los más diversos órdenes de la realidad internacional.