Crece la guerra al terrorismo islamista

Con la disconformidad de Siria y su aliado persa, además de con la inquietud rusa por la indiferencia internacional ante el ninguneo que todo ello supone para el régimen de Damasco, la aviación conjunta de euroamericanos y árabes del Golfo más Jordania, ha despegado una segunda fase de la guerra aérea contra el Estado Islámico (EI), operante en su segundo escenario estatal de actuación, más allá de sus operaciones en el norte y centro de Iraq. Los errores estadounidenses en la guerra contra Sadam Hussein operan a estas horas como doble lastre político y clara reducción del fondo de maniobra para la conducción por Washington de esta campaña contra la perversión terrorista del factor islámico, que utilizó ventajosamente en su día contra la ocupación militar soviética de Afganistán.

Un acierto aquello que contribuyó, añadidamente, a precipitar la implosión de esa URSS que Putin quiere resucitar – bien que descafeinada de leninismo – al tiempo que incurre en el mismo error de base que fue la causa primordial de aquella “catástrofe geopolítica” que él mismo dice: un esfuerzo geoestratégico desmesurado en términos económicos. En efecto, una cosa es que la Federación Rusa tenga en su realidad físico-geográfica ocho husos horarios y otra que un orden de magnitud así esté sólo acompañado de un Producto Interior Bruto del tamaño del de Italia…

Puede que vaya por ahí el error económico de Vladimir Putin que Mijail Jodorkovski espera que cometa para que Rusia revierta a la normalidad democrática perdida, progresivamente, conforme se adensan los costes sistémicos derivados de la diarquía, de la falta de alternancia en el poder como efecto de la rotación cerrada en la jefatura del Estado – y en la dirección del Gobierno – entre Putin y Medvédev; una normalidad democrática entendida en términos de seguridad jurídica e independencia de los jueces. Pues de haber existido una y otra cosa, presentaciones distintas de una misma realidad, Jodorkovski seguiría siendo el propietario de Yukos y otras muchas cosas, además de no haber pasado diez años de su vida en una celda carcelaria de Siberia, dónde sufrió agresión que pudo acabar con su vida.

Pero a lo que íbamos en el arranque de esta nota y conforme el título que la encabeza. La respuesta a la barbarie del Estado Islámico presenta un conjunto de flecos entre los que destacan desde el desacuerdo entre los musulmanes sobre la respuesta militar que merece el desafío al mundo de esta nueva brotación terrorista del yihadismo, hasta las entrecruzadas ondas entre las alianzas de unos contra el EI y los patrocinios geopolíticos de otros – entiéndase el de la Federación Rusa con la Siria de los Asad y con el Irán de los ayatolás, que a su vez patrocina al régimen de Damasco y al Ezbolá de Líbano y el Hamás de la Franja de Gaza: alfiles del resentimiento árabe contra Israel por el irresoluble pleito de éste (por ahora) con los palestinos.

Observación aparte merece, de otro punto, la transversalidad que Rusia soporta del yihadismo en su espacio nacional caucasiano, que supone también -al margen de los estragos causados por éste en Occidente – capítulos caudalosos de horror y brutalidades de toda laya. Posiblemente sea éste, el ruso, uno de los flancos del problema que más parece bloquear una solución a corto y medio plazo. Y es así, como cabe suponer, otro de los componentes de la irracionalidad putiniana en su desafío a Occidente con su conflicto en Ucrania. En conclusión, la guerra contra el EI crece, aunque no cabe prever ni hasta cuándo ni por dónde.