Borrasca en y sobre la UE

El respectivo régimen nacional de bajas presiones en el que permanece el Reino de la Gran Bretaña, antes del referéndum, en el referéndum y después de la consulta sobre la independencia de Escocia, y este otro en que se sitúa la política nacional española después de aprobar el Parlamento de Cataluña la Ley de Consultas, y antes, todavía, a lo largo de este domingo, de que el presidente de la Autonomía Catalana convoque las urnas para el consabido ejercicio de un supuesto derecho a decidir – por constitucionalmente inexistente -, componen un doble tren de borrascas que afectan sobre el papel a la estabilidad institucional de la Unión Europea.

Los británicos, porque en la inercia de la cuestión de Escocia – carente de una barrera constitucional que la bloqueara-, concretamente por el” café para todos sobrevenido” al resto de los espacios del Reino Unido y por el juego de las elecciones parlamentarias del mes de mayo del 2005 – presumidamente enredables en el cantado ascenso del euroescepticismo en el ámbito del Partido Conservador -; los británicos, digo, entran por una dinámica de cambios no sospechables hasta tiempos bien recientes.

Es como si en ambos escenarios, el británico y el español – dos de las viejas patrias fundadoras de Europa – se vinieran a sustanciar, políticamente y de puertas para adentro, los costes primordiales del avance por el camino de la unificación política de Europa. Conforme si una supuesta biología de los procesos históricos trajera consigo, necesaria y previamente, reajustes genéticos entre los componentes de las viejas naciones como obligado proceso en el progreso hacia la unión compendiadora y federante. En un nuevo y superior conjunto histórico y político, que comenzó con sólo ensamblajes económicos, desde la CECA hasta el Tratado de Roma. Con eso y desde las cicatrices de dos guerras siempre primordialmente europeas.

Por si algo faltara, y como ceñido eco de esos pasados conflictos, luego inductores de esa integración, sigue fluyendo desde la profunda depresión de la crisis de Ucrania, y por vía de la Prensa alemana, la amenazante consideración del presidente Putin en sus diálogos con el presidente Poroshenko, de que Rusia podría invadir, poco menos que simultáneamente, además de la propia Ucrania, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumania. Un comentario que cabe encajar como una suerte de respuesta a los refuerzos militares llevados a efecto por la OTAN en todos estos países dentro de las sucesivas medidas occidentales, en lo militar, lo político y lo económico como respuesta a las actuaciones de la Federación Rusa desde la eclosión de la crisis ucraniana.

A Europa, pues, le llegan los trenes de borrascas por Levante y por Poniente. Con un tiempo histórico y político así más que caber resulta preciso entender que el de la unidad Política de Europa no va a ser un parto sin dolor. Dicho sea esto en la antesala española de la respuesta constitucional a la impertinencia política, desde Cataluña, de una decisión carente de un derecho “ad hoc” y potencialmente desencadenante de la suspensión de otros muchos.