¿Convergencia en la desunión?

La gráfica que ayer en Escocia trazaban las encuestas a pie de urna era la de un lento ascenso del No, como queriendo con ello expresar, añadidamente, que todo el proceso escocés hasta la misma fecha de la votación sobre la independencia venía partido por gala en dos por el salto generacional. El peso probabilístico del Sí fue por delante desde el inicio de la campaña, puesto que ésta llegaba motorizada  principalmente por las generaciones más jóvenes. Las otras han reaccionado con la lentitud que le es propia: ganando peso, ya con las urnas abiertas, a medida que avanzaba el día. De tal manera, en las últimas horas había crecido la muestra de que parecían ser más quienes prefieren que Gran Bretaña siga siendo el Reino Unido.

El seguimiento y lectura del pulso de la misma jornada en España, la víspera de la votación en el Parlamento de Cataluña de la Ley de Consultas, no era susceptible de traducción gráfica, pero la atención convergía temáticamente sobre un horizonte de desunión, bien que con diferente desarrollo, puesto que se trata de dos distintos estadios de sólo un parecido problema para la respectiva unidad nacional. En el caso español lo que en estos momentos cursa es la expectativa de plazo para la respuesta a la presión nacionalista sobre el marco legal dentro del que debe encajarse el cuadro de la pretensión secesionista en Cataluña.

Pero desde una óptica europea para este tipo de cuestiones referentes a la unidad nacional, el contrapunto no es sólo a dos, Reino Unido y España, sino a tres: Reino Unido, España y Ucrania, donde el concurso de factores distintos -esencialmente la presión rusa- ha forzado al Gobierno de Kiev a la concesión temporal de Autonomías a territorios del Sudeste envueltos en una guerra civil, alentada y municionada por la Federación Rusa, como alternativa a las exigencias de Vladimir Putin de intervenir en un rediseño de la Constitución ucraniana para que los rusófonos del país dispongan de un estatus políticamente diferenciado. Algo así como el establecimiento de una “zona gris” entre los ucranianos de derecho común y la frontera rusa, en la que Moscú incluye ya la anexionada península de Crimea.

Advertidas por demás las enormes y sustantivas diferencias de fondo existentes entre estos tres asuntos concernientes a tres Estados Europeos, y muy especialmente en términos de libertades, las que separan, por no equiparables, los casos de Escocia y de Cataluña, no es necesario destacar la relevancia del Consejo de Ministros extraordinario que se celebraría este sábado o el próximo lunes para el caso de que hoy el Parlamento catalán se sacara desde la manga de esa incompetente Ley de Consultas, algo para lo que carece de facultades estatutarias por ser ello incompatible con la Constitución. Ésta, la Ley Fundamental, es algo más que la barricada que cierra el paso al desvarío.

La unidad de España está blindada por consenso y expresa voluntad de la inmensa mayoría de los españoles. La Constitución de 1978, con la que se cerraron las heridas de la Guerra Civil, es una obra de ingeniería histórica, en la que el anclaje unitario del sistema autonómico resulta de la articulación espacial de las regiones sobre un centro de gravedad nacional, regulador del equilibrio entre lo centrífugo y lo centrípeto. El paralelismo entre lo votado ayer en Escocia y lo que se pretende votar en Cataluña se traduce a sólo una convergencia en la desunión, pero a nada más. Si los escoceses tuvieran lo que tienen los catalanes es muy probable que no habrían ido a lo de ayer.