Nacionalistas de importación y Autonomías de transición

La iniciativa “masiana” (de Artur Mas), de ofrecer en Marruecos y para las escuelas catalanas clases de árabe, con el obvio propósito de engrosar su propia clientela electoral, se ha cruzado en los noticiarios con la nueva de que el Parlamento de Kiev ha dado su visto bueno a la iniciativa de política de conceder para los territorios ucranianos del Sureste regímenes especiales de Autonomías: partiendo así por la mitad el problema generado por los rusófonos de la zona, utilizados por Vladimir Putin, en tanto que protagonistas de una guerra civil, como recurso de acceso a un segundo tipo injerencia, de entrada, en el cuerpo de Ucrania. Del que ya ha ocupado, por vía de anexión la península de Crimea.

Es como si un comercio internacional de opciones y servicios de derecho público se expandiera a la velocidad del rayo, dada la creatividad y la imaginación de ciertos políticos de última hora; pues no se paran en barras cuando de prevalecer en sus empeños se trata, por descabellados que parezcan a quienes no sean de su parroquia. Actúan imparables, tanto da si para bajarse al moro a fin de que éste le eche una mano en las urnas; o en otro caso, para calmar los apetitos neoimperiales de este presidente ruso, ahora empeñado en reconstruir – bien que en régimen de derechas – el Leviatán que fue ese gran tinglado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Poroshenko, el presidente de Ucrania, parece adentrarse por rumbos de transición hacia la convivencia geopolítica con la Federación Rusa, a través de un régimen mixto de instalación ucraniana en la órbita de la Unión Europea y de basculación a Occidente, consentida de Moscú, desde el espacio soberano de Kiev.

Lo que sobre el papel puede parecer factible por soberanamente llevadero, cabe también que en la práctica resulte – toda esa porción suroriental de Ucrania – enrolladla y deglutida en la rusofonía. Engullida por la voracidad de este nuevo profeta del mesianismo eslavo: salido, no se olvide, del reservorio imperial del KGB. Es decir, cabe la hipótesis de que en la crisis de Ucrania se venga a pasar, al contrario de lo ocurrido luego de la transición política española – en la que regiones diversamente históricas fueron constitucionalmente formateadas como Autonomías, y en ciertas de ellas como en parte de Cataluña se quieren resolver como naciones -; en Ucrania, digo, resulte que la propuesta transición autonómica del Sureste acabe desembocando, visto lo ocurrido en Crimea, poco menos que a la fuerza. En una añadida y ahora consentida anexión a Rusia.

En fin, las de Poroshenko en Ucrania son Autonomías de transición, no puede saberse aun a qué. Mientras que en España, con la Constitución de 1978, las Autonomías formaron parte de la Transición a la democracia. Pero ahora que la Transición se acabó y se abre el ciclo de la Consolidación del concertado sistema de libertades, sí se sabe qué debe esperarse del cumplimiento de la Ley Fundamental y qué ha hacerse necesariamente para que ésta, la legalidad constituida, prevalezca como garantía de las libertades y respeto a la democracia de todos. Frente a las disgregadoras ocurrencias de unos cuantos que buscan traer masa crítica para sus urnas desde el otro lado del Estrecho. Mas sueña con otro Tarik para su propio desembarco en la orilla de la independencia.