Emergencia y urgencia geopolíticas

Ante el cuadro de emergencia geopolítica creado por la intervención rusa contra la integridad territorial y la soberanía de Ucrania,  prolongado durantes estos días en el Sureste del país, Putin propone a la UE la negociación de un Estado nuevo para esta zona en guerra, tras su previa e inquietante afirmación aquella de que la caída de la URSS supuso una “catástrofe geopolítica”. Sucede lo ahora planteado desde Moscú a la respuesta occidental inmediata que mereció la petición de ayuda formulada por el ucranio presidente Poroshenko. Una respuesta que habrá de perfilarse, en esta primera semana de septiembre, durante la Cumbre atlántica que se celebrará en Cardif con el eventual debate de la pretensión ucraniana de que se la incorpore a la OTAN, conforme lo manifestado en 2008, una vez removidos los efectos de su vigente estatus legal como país no alineado.

Estas rituales danzas bélicas de Putin, como para una resurrección virtual del Pacto de Varsovia, queriendo conjurar, o al menos paliar, los efectos de la supuesta “catástrofe geopolítica” de marras que denunció (efectos inferidos del fracaso histórico del sovietismo por causa económica, conforme un sostenido y sistémico error de análisis del potencial militar propio, como este que ahora parece estar cometiendo él mismo); esta insistencia en afrontar un choque económico con Occidente, por remedar las condiciones formales de  la Guerra Fría y el consecuente deterioro de las relaciones internacionales, abre a corto plazo un escenario en el que tanto cabe  el fracaso de la recuperación económica de la Unión Europea, como el colapso de los accesos de la sociedad rusa a unos estándares de vida que podrían haberse homologado, en el medio plazo, con los de la Europa occidental, son cuadros de probabilidad que, de insistirse en el desatino putiniano, colmarían de sombras el arranque de este Tercer Milenio de la Era Cristiana. Algo congruente, de otro punto, con tal nuevo destello de la Tercera Roma…

De considerar es, asimismo, la hipótesis de que este síndrome putiniano, de revancha frente a Occidente, no empiece y acabe en el actual compás diárquico del Kremlin (alternándose una y otra vez Putin y su amigo Medvedev en la Jefatura del Estado y en la cabecera del Gobierno, en una alternancia sólo formal, nominal y ficticia, que burla la exigencia democrática de rotación política genuina entre fuerzas políticas diferentes) sino que se prolongue mediante la implantación en su momento de otro subterfugio que inmovilice, indefinidamente, la ventilación política en la Federación Rusa. Lo cual supondría tanto como la institucionalización del disparate sistémico sobre un lecho de riesgo mundial con profundidad nuclear.

El problema, contra lo que pudiera parecer, no es cuestión teórica. El peso del actual circo diárquico en el Kremlin a la alternancia efectiva en el poder, acaba por deformar  perfil y formato de las alternativas ideológicas correspondientes a las opciones políticas que concurren en todo escenario democrático efectivo y cierto. Así, en contexto como el presente, de palmaria prevalencia de un nacionalismo nostálgico del poder nacional conseguido por la Unión Soviética, podrían tener muy completa explicación las afloradas adhesiones del “nacional-bolchevismo ” cursante como partido, a la presente ejecutoria de la diarquía formada por Vladimir Putin y Dimitri Medvédev. Sean o no de esta concreta manera las cosas, lo que certifican tales adhesiones es lo justo de la observación del ucraniano Bardiaev  de que aquello resultaba del maridaje del mesianismo eslavo y el marxismo-leninismo.