El más amargo fruto de la Primavera Árabe

El Estado Islámico es un suceso que probablemente no se habría producido sin los encadenados episodios de desestabilización política que sacudieron el norte de África a partir de la revolución tunecina de diciembre de 1910. Exceptuados Marruecos y Argelia, los demás regímenes norteafricanos sucumbieron a la avalancha. El propio Egipto vio quebrada una continuidad política de 40 años y el régimen gadafista de Libia fue destruido en el curso de una guerra civil que aun no se ha cerrado, agravando con sus efectos colaterales la infección yihadista del Sahel. Egipto, sin embargo, al cabo de un complejo proceso de involución, ha regresado a un formato de Estado sustancialmente igual que el derrocado por aquella “primavera”.

Conjurado el peligro islamista en el País del Nilo con el golpe militar del 3 de Junio de 2013, el Gobierno del general Al-Sisi, vencedor en las últimas elecciones, ha sido el soporte árabe que ha hecho posible el alto el fuego indefinido en la reciente guerra de Gaza. Pero la onda póstuma de la “primavera árabe” late todavía en Siria en un mar de sangre proporcional a los tres años de contienda civil en que se encuentra sumido el país. Este cuadro sirio dónde se han concitado todos los factores de riesgo en el actual Oriente Medio -sumados a los de la inercia cursante del error bélico norteamericano de 2003 con la invasión de Irak- ha hecho posible la monstruosidad yihadista del Estado Islámico, instalado a caballo de estos dos Estados árabes.

La reacción occidental, como no pudo ser de otra manera, se ha producido con los bombardeos norteamericanos de estos yihadistas en el Kurdistán iraquí y la preparación de idénticas operaciones en suelo sirio mediante sobrevuelos , practicados al margen de la voluntad y del consentimiento de Damasco, que se había ofrecido a colaborar en la guerra contra el Estado Islámico: uno de los integrantes de la anárquica coalición de fuerzas que hacen la guerra al régimen de Al Assad. A estas horas no se conoce aun de forma expresa la aceptación o el rechazo de Washington. Pero sea lo que fuere, lo más cierto es que este factor yihadista del conflicto en el mundo árabe, es otro de los muchos desgraciados efectos finales de la “primavera árabe”.

Y es el caos todavía imperante en Libia -con bombardeos aéreos sin autor identificado del aeropuerto de Trípoli- otra de las consecuencias del mismo origen “primaveral”, que fue saludado en sus inicios como el arranque de la pretendida modernización política norteafricana. Y en tanto llega, de una u otra manera, la respuesta norteamericana al ofrecimiento/demanda de Damasco frente al Estado Islámico, como enemigo común de unos y otros, es momento de insistir en reflexiones tales como la necesidad de insistir en algunas realidades tan elementales como las causas del fracaso de la cruzada democrática norteafricanas; realidades entre la que destaca el hecho de que sin Estado que funcione, al menos  hasta ciertos límites, no hay democracia en la que se pueda pensar. Y obvio resulta, de otra parte, que la seguridad jurídica como requisito necesario, tampoco es algo que se encuentre al cabo de cualquier manifestación o entre los rescoldos resultantes de la tea revolucionaria. Y si a tales evidencias se suman errores como la destrucción del Estado iraquí, inventado en su día (1932) por los angloamericanos, para afanar el petróleo que el Estado Islámico piratea ahora en el norte de Irak, la conclusión se compadece en gran medida con lo hasta aquí  considerado.