Tregua sin plazos en Gaza y cambio sin acuerdo sobre Siria

El cese de las hostilidades en Gaza a partir de la tarde de ayer y la decisión norteamericana de iniciar en Siria reconocimientos aéreos de tipo convencional y por medio de aviones no tripulados establecen la base para que la tarde de este 26 de agosto pueda ser fecha de referencia, no sólo en los dos meses de campaña militar israelí sobre la martirizada Gaza -desde la instrumentación bélica de la ciudad por parte de Hamas y la respuesta apenas sin límites de la parte judía en el conflicto- y por el silencio verbal norteamericano a la oferta siria de colaboración militar contra el yidadismo activo en la complejidad de la guerra civil de tres años que mantiene el régimen de Damasco con su poliédrica oposición.

Lo relevante a estas horas en las dos cimas de conflictividad de este verano dentro del Próximo y Medio Oriente es el aparente inicio de una conclusión del conflicto gazatí respaldado por Mahmud Abbas, el representante de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), al tiempo que logro impensable sin el concurso instrumental del Gobierno egipcio como eje de la mediación internacional con el impulso de Naciones Unidas.

Son los dos compases principales que ofrece en estas horas la crítica tensión mundial encabezada por la del mundo árabe -alimentada por la dialéctica de los semitismos junto al protagonismo yihadista del llamado Estado Islámico, en Irak y Siria- y, en el continente europeo, por el giro de la crisis de Ucrania, ilustrada ayer con la detención de las fuerzas militares de Kiev, en el sureste de su país, de nueve soldados rusos en posesión de sus respectivas armas y portadores, a su vez, de los enteros documentos de su identificación como tales; o sea, conforme plenas condiciones y circunstancias definidoras de su no identidad como milicianos prorrusos: tipología clave en todo el decurso de brutalidad política que ha significado, desde el primer momento, la intervención del Gobierno de Vladimir Putin en Ucrania. Cuestión esta que en el día de ayer alcanzaba rangos de diplomática escenificación máxima con el encuentro en Minks, la capital bielorrusa, de los respectivos presidentes, el propio Putin y el ucranio Poroshenko.

La jornada internacional dejaba abierto a corto plazo, interrogantes de mayor calado sobre qué será la respuesta de Washington a la propuesta de lo que, de momento, podría ser un pacto operativo para el inicio de una intervención occidental en Siria -y eventualmente en Irak–, susceptible de propiciar o desembocar en una inversión de alianzas políticas y/o militares en Oriente Próximo y Medio. Dónde la Rusia de Putin sería también, de una u otra manera, parte concernida.