Siria pone en un brete a Occidente

La irrupción del Estado Islámico (EI) -germinado, no se olvide, al calor de la tremenda guerra civil en Siria- viene a poner en un brete a la diplomacia y a la entera política exterior de Occidente en el Oriente Medio. A estas horas, el islamismo califal de los salafistas escindidos de Al Qaeda, comparece como enemigo compartido de partes que a su vez son adversarias políticas entre sí.

La oferta de Damasco de compartir con la Unión Europea y con Estados Unidos, militarmente vertebrados por medio de la OTAN, la lucha contra el Estado Islámico no es propiamente una oferta envenenada sino algo tan obvio como una implícita y lógica pretensión de que eventuales intervenciones aéreas, como primera parte de una implicación militar susceptible de desembocar en un terrestre despliegue de tropas que complete los efectos bélicos conseguidos mediante la aviación, lleve a una inversión de las actuales alianzas. Al rescate occidental de Siria.

Resulta elemental que Damasco se oponga a intervenciones de terceros no beligerantes, como hasta ahora lo son los occidentales. Es una elementalísima cuestión de soberanía. Y, en términos prácticos, es de señalar que el movimiento político de Damasco apuntaría en principio a un cambio radical del escenario diplomático para el Próximo y Medio Oriente.

Un giro que iría más allá de la simple contraposición bilateral de intereses en la zona existente hasta el momento en que se definió el peso de la intervención del Estado Islámico, tanto en el conglomerado de fuerzas enfrentadas en la guerra civil siria como en las luchas cursantes en Irak: efecto político de la incapacidad de Maliki en Bagdad, hasta hace sólo unos días, para enfrentarse militarmente con los califales del EI.

Un eventual pacto de intervención entre los occidentales y el régimen de Damasco podría incluir, sobre el papel, la neutralización de la influencia rusa en Siria; influencia que se remonta a tiempos anteriores a la Guerra de los Seis Días, en 1967, y a la de siete años después, la del Ramadán, de 1973, en la que la Unión Soviética consolidó allí un estatus de influencia en el Mediterráneo Oriental al sur del Mar Negro y del Estrecho del Bósforo, dominado por Turquía. De otro punto es de considerar el interés convergente de la Federación Rusa en estrategias eficaces contra el terrorismo islámico vista la crónica pulsión de éste en su región caucasiana.

No faltan hilos con los que tejer una nueva y alternativa trama de relaciones y planteamientos globales en esta crítica región de referencia, como efecto de la transversal irrupción allí del Estado Islámico. Una irrupción que ha tenido el añadido efecto detonante del degollamiento el periodista estadounidense, convertido de tal modo en un icono del agravio a la nación norteamericana. Washington no ha dudado en así señalarlo y presentarlo.

El Gobierno de Damasco ha estado presto en la detección de la oportunidad de abrirse a un estratégico cambio de las alianzas ante la irrupción del enemigo común. Otra cosa será que se alcancen mínimos de convergencia  en los eventuales acuerdos. La alternativa, de momento, puede significar únicamente eso que en el encabezamiento de esta nota se dice: que Siria ha puesto en un brete a los occidentales con la propuesta de que la intervención de éstos en el conflicto en su territorio sea una intervención pactada que evite lo sucedido en Libia. No una intervención contra su soberanía nacional.