Kurdistán: ¿En busca de su estado perdido?

Las guerras revolucionarias, tal que la del Estado Islámico (EI), también se sabe como comienzan pero casi nunca cómo acaban. Se comprueba ahora de qué manera  la irrupción de los califales en el Kurdistán iraquí, con la persecución de los yazidíes y su milenaria diversidad religiosa, y su asalto a los depósitos bancarios del dinero del petróleo extraído de su parte del territorio iraquí, ha generado una conjunta y solidaria reacción de los kurdos todos, además del añadido movimiento turco – quizá alentado por un Washington dispuesto a ir por todas en este empeño – hacia el compartido propósito de todos de poner al Bagdadí y sus secuaces mirando a La Meca.

Tras el degüello de Jim Foley, periodista norteamericano, a manos de un musulmán británico ya identificado, paree más cosa de semanas que de meses, la respuesta angloamericana contra la seviciosa crueldad del bandidaje enlutado supuestamente en nombre de Alá, pues nunca se había visto cosa así. La cualitativa homologación del degollamiento del colega con los atentados del 11 de Septiembre de 2001, establece la previsión de que habrá una respuesta parangonable en principio con la entonces habida, al menos en lo que toca a la que se aplicó sobre Afganistán. Son muchas las veces que la horda del Estado Islámico se ha pasado esa raya roja tras de la que Imperio norteamericano sitúa sus más venerados iconos nacionales.

Pero en otro orden de cosas, dentro del rango de respuestas que el EI parece haber desencadenado figura la de haber catalizado, inducido y propiciado esa referida integración de respuestas entre las diversas fracciones en que se encuentra dispersa la gran nación kurda. Un mundo que se extiende desde el interior de las fronteras turcas hasta los límites de soberanía iraní, pasando por los propios ámbitos kurdos de Iraq y de la misma Siria. Al circo tan cruel del Estado Islámico, tras su espectacular iniciación en la campaña de Siria y en la de Iraq – que hizo caer al Gobierno de Maliki, a quien Washington no consiguió por si solo mover -, le han crecido los enanos tras del inmenso error cometido con el degüello del periodista norteamericano. Un acto de tan radical crueldad y desmesura que traerá consigo la decapitación del Califa.

Esos kurdos que en el arranque de los años 30 del pasado siglo se quedaron sin el Estado que la había concedido los vencedores el Imperio Otomano y del Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial – por culpa del petróleo encontrado al poco en lo que es ahora el Kurdistán iraquí -, para concedérselo a una entidad nacional inexistente entonces: el actual Iraq. Es decir, la Mesopotamia como confederación de tribus y notables, y heterogéna mezcla de sectas islámicas resultantes del dominio otomano de la región hasta el Chat el Arab, conquistada por los suníes turcos a la chií Persia, cuando en el Siglo XVII renunciaron al dominio del Mediterráneo Occidental y volvieron las armas hacia Levante.

El Estado Islámico, al revolver el cotarro en la medida que lo ha hecho dentro del actual Iraq, parece haber establecido las condiciones necesarias, por todo lo apuntado y otras muchas cosas más, para que los kurdos acaricien la idea de algún nexo de mutua concertación. Algo que fuera compatible, en todo caso, con los esquemas euroamericanos para estabilizar todo ese espacio crítico del Oriente Medio.