La decapitación de Foley o el islamismo como metástasis

Jim Foley puede ser el primero de los periodistas occidentales tomados como rehenes por los yihadistas que combaten en Siria o en cualquier otra parte del Próximo Oriente y de cualquier punto del África donde se encuentren, para el chantaje político, o para su explotación económica, como ocurre con los cooperantes de su misma procedencia, para obtener en este otro caso recursos con los que financiarse este terrorismo del Siglo XXI.

No se trata ahora de ponderar los riesgos de la profesión periodística cuando se trata, como en el caso de  Jim Foley y de cuantos  puedan seguirle, de escenarios de cualquier clase de guerra, algo que resta por descontado, sino de aplicar el foco a la condición sistémica de esta criminal patología de nuestro tiempo, en el que la violencia alcanza rangos de difusión, complejidad y diversidad inéditos a lo largo de la Historia.

Excusado es decir cuánto de todo ello se debe, como condición necesaria, al aparato tecnológico del que el terrorismo islámico dispone para este crecimiento exponencial que le caracteriza. Eso es poco menos que una obviedad. Lo relevante es la importancia política que tiene el problema en los actuales momentos, desde la propia pulsión generada por la campaña  del autoproclamado “Estado Islámico”, en el norte de Irak y su proyección dentro de la misma guerra civil de Siria: siendo de recordar a este respecto cuánto el combatido presidente El Assad dijo sobre qué rango de caos sobrevendría en el Próximo Oriente si la guerra civil en su país tomaba el incremento en el que cunde desde hace ya más de dos años.

Cuando ahora el presidente Hollande propone una Cumbre internacional para hacer frente a la amenaza del “Estado Islámico”, vista la envergadura de la campaña de éste en Irak -sólo frenada con la intervención aérea de la aviación norteamericana surta en la parte norte del Golfo Pérsico, a la que se suma el municionamiento de la propia Francia y del Reino Unido; cuando el Elíseo define la necesidad de un encuentro internacional en el que se llegue a una conciencia bastante del rango del problema que para el mundo supone este islamismo terrorista, es también momento de recordar el cúmulo de errores que llevaron al dislate mayúsculo que vino finalmente a suponer la llamada “primavera árabe” en el norte de África  y Asia Menor.

La desestabilización política en toda línea en que se tradujo al cabo la supuesta democratización de los regímenes políticos de toda esa zona, se vino a sumar a la destrucción norteamericana del Estado nacionalista Iraquí y a la indefensión regional frente a la explosión yihadista. Y, por si algo faltara, al error del presidente George W. Bush con su guerra de Irak se ha venido a sumar la indecisión hasta hace cuatro días del presidente Obama, cuando los “califales” prácticamente se habían plantado ya poco menos que a las puertas de Bagdad.

La muerte del mensajero que ha significado la decapitación del colega Jim Foley ha sido tanto como la certificación del yihadismo como máximo histórico de la metástasis terrorista.