Alza estructural de la tensión USA-Rusia

La denuncia norteamericana de que Rusia violó el Tratado de Desarme de 1987 suscrito por el presidente Reagan y Mijail Gorbachov, su equivalente soviético, no es un añadido más a cuantos viene añadiendo la Federación Rusa – de forma progresivamente tangible – a la operación militar reductora de soberanía en la nación de Georgia durante agosto de 2008. Un proceso de agresión resuelto con las anexiones de Abjasia y Osetia del Sur, y continuado luego con la injerencia en los debates sobre asuntos concernientes a la soberanía de Ucrania.

Habiéndolo hecho cuando ésta ha debatido sobre sus opciones nacionales, dentro de las alternativas partidistas en política interna, o en lo referente a sus opciones continentales: con apuesta por la incorporación al proyecto europeo, o por asociarse al proyecto ruso de un espacio euro-asiático. La desembocadura de la injerencia rusa en la libertad política de Ucrania, tras de la rebelión popular frente a la traición política de su presidente en la Cumbre Europea de Vilna, al violar el mandato de la Asamblea Nacional para que suscribiera la asociación con la UE, fue más allá del salto cualitativo en un camino para convertirse en otro de anexión territorial del Sureste ucranio, primero con la deglución de la península de Crimea y después con la movilización y pertrechamiento militar de las minorías ruso-hablantes existentes en dichos espacios sudorientales del país.

Todo ello, además, con la progresiva reconversión de la fórmula de asistencia militar externa en otra de un estatuto de vertebración de los contingentes armados con los despliegues rusos dispuestos al otro lado de la frontera. Reconversión que ha llevado implícito el municionamiento de la hueste resultante para toda suerte de operativos. Desde las armas convencionales en su sentido más literal, hasta ingenios antiaéreos capaces de alcanzar aviones a 10.000 metros de altitud. Haciéndolo asimismo, llegado el caso, desde el propio espacio ruso. Como han podido comprobar los seguimientos satelitales norteamericanos.

Tanto los sucesos del 2008 en Georgia como estos de ahora en Ucrania responden a un mismo reflejo reactivo de Moscú contra las respectivas apuestas occidentalizantes de estas piezas, georgiana y Ucrania, que fueron de la URSS; pero, obviamente, no sólo por razones económicas sino, principal y fundamentalmente, por razones geopolíticas. Es la suerte de Sebastopol y del entero Mar Negro. La copla putiniana de la “catástrofe geopolítica” que fue la desaparición de la URSS. Desde Moscú cabrá decir aquello de que el que avisa no es traidor…

Son, pues, razones o motivaciones de estructura las que explicarían la dinámica de este proceso evolutivo y al alza de la tensión entre Washington y Moscú, en una suerte de paráfrasis de aquello que fue la Guerra Fría. La revelación ahora por el NYT sobre el incumplimiento ruso no tiene nada de casual ni simple coyuntura. Revela la propia naturaleza estructural, de cambio de época – a otra peor, regresiva – en la relación Este-Oeste.