Evolución crítica de la guerra de Ucrania

Despliegue distinto en los dos conflictos armados del momento: el de Gaza, estancado en sucesivos fracasos de las treguas, por incapacidad del propio Hamas de cumplir sus propios compromisos de interrumpir los lanzamientos de misiles; y el de Ucrania, con la evolución crítica del suyo, al virar su formato inicial, de guerra civil – alentada por la política rusa de injerencia en los asuntos internos de lo que fue una parte suya – a formato de intervención directa que incluye actuaciones desde el interior de su propio territorio fronterizo. No sólo continúa Putin sus aportaciones de armamento ligero y pesado, simple y de complejidad tecnológica –como las bases de cohetes desde las que se derribó el avión de pasaje malasio -, sino que diversifica la asistencia técnica y la instrucción para el manejo de ese material de guerra. Una instrucción deficientemente impartida, como demuestra el propio hecho del derribo por error de la aeronave comercial asiática y de la consecuente muerte de 298 personas.

Este cambio evolutivo en la implicación rusa con el conflicto ucraniano – desde las realidades del pasado compartido a las proyecciones de futuro por la apuesta europea de Kiev – se ha resuelto, como no podía ser de otra forma, en el salto, por lo que a ese conflicto bélico respecta, desde un supuesto de guerra civil entre ucranianos a otro de guerra participada por Rusia. La variación ha sido considerada tanto como una escalada militar rusa en Ucrania por el general Martín Dempsey, jefe del Estado Mayor del Ejército de EE UU. Un juicio de valor o un análisis político-militar de la evolución de los acontecimientos que se acompaña de otras consideraciones oficiales de Washington que dan cabida a la hipótesis de que la “escalada” rusa se extienda a otros ámbitos de la Europa oriental. Aprensión que no viene de ahora mismo sino del mismo principio de la actual crisis de Ucrania, cuando fueron reforzadas las defensas en Polonia y las repúblicas bálticas.

En este sentido cabría decir que en los análisis desde enfoques prospectivos se está también, desde el primer momento, en el doble escenario euro-atlántico. Cuando se optó por la senda de las sanciones económicas y políticas: un camino más prudente que el de las respuestas militares, dentro del cual la Unión Europea decidirá mañana el lanzamiento de una nueva andanada de sanciones económicas, más dura que las varias aplicadas ya y que están ocasionando un daño perceptible en la integridad de las cuentas rusas, con la consiguiente salida de capitales, que el Gobierno intenta frenar con una fuerte subida de los tipos de interés. Pero con lo que además se acuerde mañana se calcula una caída en el PIB ruso del uno y medio por ciento para este año, y de un hasta cuatro por ciento para el 2015: algo que, por supuesto, implicará un coste en términos equivalentes de caída de las exportaciones europeas a Rusia, especialmente para Alemania. Y también para Francia si entre lo que se acuerde mañana como sanciones nuevas se incluyen, por su condición militar, suministros de navíos ya concertados. En este sentido, la evolución crítica de la guerra de Ucrania comportará costes apreciables para la propia marcha de la recuperación económica de la Unión Europea.

Y en concurrente orden de cosas, el atasco político-militar del problema de Gaza tampoco augura buenos presagios para los intereses occidentales en Oriente Próximo y Medio. No son descartables, en efecto, derrames de violencia terrorista.

 

Evolución crítica de la guerra de Ucrania

Despliegue distinto en los dos conflictos armados del momento: el de Gaza, estancado en sucesivos fracasos de las treguas, por incapacidad del propio Hamas de cumplir sus propios compromisos de interrumpir los lanzamientos de misiles; y el de Ucrania, con la evolución crítica del suyo, al virar su formato inicial, de guerra civil – alentada por la política rusa de injerencia en los asuntos internos de lo que fue una parte suya – a formato de intervención directa que incluye actuaciones desde el interior de su propio territorio fronterizo. No sólo continúa Putin sus aportaciones de armamento ligero y pesado, simple y de complejidad tecnológica –como las bases de cohetes desde las que se derribó el avión de pasaje malasio -, sino que diversifica la asistencia técnica y la instrucción para el manejo de ese material de guerra. Una instrucción deficientemente impartida, como demuestra el propio hecho del derribo por error de la aeronave comercial asiática y de la consecuente muerte de 298 personas.

Este cambio evolutivo en la implicación rusa con el conflicto ucraniano – desde las realidades del pasado compartido a las proyecciones de futuro por la apuesta europea de Kiev – se ha resuelto, como no podía ser de otra forma, en el salto, por lo que a ese conflicto bélico respecta, desde un supuesto de guerra civil entre ucranianos a otro de guerra participada por Rusia. La variación ha sido considerada tanto como una escalada militar rusa en Ucrania por el general Martín Dempsey, jefe del Estado Mayor del Ejército de EE UU. Un juicio de valor o un análisis político-militar de la evolución de los acontecimientos que se acompaña de otras consideraciones oficiales de Washington que dan cabida a la hipótesis de que la “escalada” rusa se extienda a otros ámbitos de la Europa oriental. Aprensión que no viene de ahora mismo sino del mismo principio de la actual crisis de Ucrania, cuando fueron reforzadas las defensas en Polonia y las repúblicas bálticas.

En este sentido cabría decir que en los análisis desde enfoques prospectivos se está también, desde el primer momento, en el doble escenario euro-atlántico. Cuando se optó por la senda de las sanciones económicas y políticas: un camino más prudente que el de las respuestas militares, dentro del cual la Unión Europea decidirá mañana el lanzamiento de una nueva andanada de sanciones económicas, más dura que las varias aplicadas ya y que están ocasionando un daño perceptible en la integridad de las cuentas rusas, con la consiguiente salida de capitales, que el Gobierno intenta frenar con una fuerte subida de los tipos de interés. Pero con lo que además se acuerde mañana se calcula una caída en el PIB ruso del uno y medio por ciento para este año, y de un hasta cuatro por ciento para el 2015: algo que, por supuesto, implicará un coste en términos equivalentes de caída de las exportaciones europeas a Rusia, especialmente para Alemania. Y también para Francia si entre lo que se acuerde mañana como sanciones nuevas se incluyen, por su condición militar, suministros de navíos ya concertados. En este sentido, la evolución crítica de la guerra de Ucrania comportará costes apreciables para la propia marcha de la recuperación económica de la Unión Europea.

Y en concurrente orden de cosas, el atasco político-militar del problema de Gaza tampoco augura buenos presagios para los intereses occidentales en Oriente Próximo y Medio. No son descartables, en efecto, derrames de violencia terrorista.