Rayando genocidios por Gaza y Ucrania

No faltan motivos aunque sí razones en Naciones Unidas para ver genocidio en la práctica de represión antiterrorista de Israel en Gaza, cuando éste dispara por sistema sobre objetivos civiles y por resultas de ello resultan inmensamente mayoritarias las víctimas de esta condición, siendo mujeres y niños las más numerosas. De forma semejante se puede decir otro tanto respecto de Israel, cuando dice que actúa así porque los islamistas se “parapetan” en escudos humanos a la hora de ubicar sus lanzacohetes para hacer contra Israel – ya en muchas de sus partes – sus disparos. Y entiende por extensión “escudos humanos” hospitales y escuelas específicamente, cuando no medios urbanos de significativa relevancia.

En cualquier caso, el monstruoso problema es que Hamás – heredero y pupilo de la revolución islámica que Jomeini no pudo hacer porque los americanos y Sadam Husein lo trabaron en una guerra de ocho años – se empeña en hacerla contra Israel desde Gaza, como si ésta fuera en cuerpo y espíritu como la misma Siria o el propio Iraq que fue de. Asimismo en cualquier caso, si la más dura derecha de Israel no hubiera llevado hasta dónde lo ha hecho el acopio de espacio palestino conforme los parámetros y magnitudes definidos por el general Rabin – que captaban la conformidad del arabismo nacionalista de la OLP -, la cepa yihadista de Hamás no habría llegado nunca a dónde ahora está.

Tampoco si el mesianismo eslavo no hubiera rebrotado seis años atrás con la campaña putiniana en Georgia, queriéndole enmendar la plana a la Historia y reforestar en ruso los contornos del Moscú imperial y a la vez soviético, no habría hecho aquella guerra del 2008 ni engendrado esta crisis europea de Ucrania: abierta y cursante por otras guerras locales y conflictos internacionales.

No se explica la matanza bélica del pasaje y la tripulación del avión malasio en la vertical de Ucrania sin la neurosis geopolítica del KGB, de la que Vladimir Putin se ha convertido en cabal exponente. Sin esta fijación con el fénix eslavo, no se habría engolfado Putin en el menester de envolverse en rusofonías que a muy corto plazo se pudieran resolver en rusos concretos de tomo y lomo: milicianos locales primero y tropa regular después de la nueva tierra anexionada; así, abjasios y osetios de Georgia, y crimeos y gentes del que fue “apacible Don” en la Ucrania de siempre.

En la penúltima fase del proceso, casi al unísono, con el pasaporte ruso al miliciano prorruso, el armamento de la misma procedencia: incluso aquel de relevancia crítica para la dotación de esa misma tropa. Incluso al riesgo de incurrir en peligros mayores para la seguridad nacional y para la inseguridad internacional. Una y otra cosa lo eran tanto, y tan gravemente, que al conocerse el porte del daño causado al derribar un avión de pasaje, en el plazo de muy pocas horas se habían reenviado los misiles al otro lado de la frontera de Ucrania.

El desenlace del apoyo bélico a los suyos propios, los milicianos prorrusos, había sido genocida. Y objetiva la responsabilidad de Putin al entregarles ese armamento. Desde la doctrina penal se dijo un día aquello de que “la causa de la causa es la causa del mal causado”. Esta de los misiles tendrá sus efectos. Que serán ciertos e indelebles en esta resurrección de la Guerra Fría.