¿Crimen sin castigo?

Casi a la hora que entraba en agujas de la estación ucrania de Kiev el tren que transportaba los restos refrigerados del pasaje aéreo muerto por el misil ruso, una iniciativa conjunta del Reino Unido, Suecia, Letonia y Lituania apostaba por la imposición de un embargo de armas a Moscú. Iniciativa que se habría de abordar en el seno de una Cumbre de la Unión Europea, a celebrar eventualmente antes de que acabe este mes de Julio.

Tal embargo habría de abordarse en un contexto dentro del cual constaría necesariamente la consideración del entero conjunto de suministros rusos de armamento pesado a los supuestos milicianos que combaten al Ejército de Ucrania para lograr su separación su añadida separación del conjunto nacional de los territorios del Sudeste, principalmente en los espacios de Lugansk y Donetsk: ámbito desde el que se disparó el cohete causante de la tragedia aérea.

Y hay que decir “supuestos milicianos” porque el enmascaramiento de esta fuerza armada y su carencia de toda suerte de distintivos jerárquicos, desde el primer momento en que se desató la dinámica de la anexión por el Kremlin de los territorios de la Ucrania del Sudeste – comenzando allí por la propia península de Crimea -, abundan brutalmente presunción y sospecha de que tale contingentes armados, en su totalidad o en su contingente más significativo, se corresponden en lo sustancial, dentro de una primera fase, con el mismo género de efectivos empleados por Rusia, en el verano de 2008, durante la guerra de Georgia, concluida con la anexión de Abjasia y Osetia del Sur, territorios georgianos sembrados de pasaportes expedidos desde Moscú.

Toda aquella primera guerra ocurrió entonces porque el Gobierno pro-occidental de Tiflis también había iniciado un dinámica política de aproximación a la Unión Europea y la OTAN.

Todavía ahora, tanto el proceso de transferencia de armamento ruso en su conjunto a los separatistas de Ucrania, como el supuesto teórico de que sólo el cohete que derribó al avión malasio hubiera sido el único de los envíos remitidos a éstos, hubieran tenido el mismo significado en términos de objetiva responsabilidad rusa. Hubiera sido así por el alcance de la catástrofe humana ocasionada en toda la historia de la revolución nacional de Ucrania. Una revolución desencadenada por el hecho de que Putin hiciera abortar, por vía del presidente Yanukóvich, el acuerdo de Asociación de Ucrania a la Unión Europea en la Cumbre de Vilna, convenido por el Parlamento de Kiev.

Lo que pesa funcionalmente, a efectos del derribo del avión malasio, es tanto la unidad de acto – por lo efectuado desde los milicianos prorrusos en tanto que autores del disparo del misil – como la unidad del proceso conjunto, en cuya virtud Rusia envió a éstos ese y otro armamento de significado crítico dentro de toda la ejecutoria anexionista del régimen de Putin. Un empeño personal enfocado a remediar la “catástrofe geopolítica” sobrevenida con el hundimiento de la Unión Soviética…

Se hace difícil entender que esa práctica anexionista y agresiva quede sin proporcional respuesta, aunque sólo sea un embargo de armas. Los centenares de pasajeros muertos y esparcidos sobre la mies de Ucrania es algo bastante más que gota añadida a un vaso de agua.