Caminos nuclearmente peligrosos

Antes que los del aire, como los que cruzaba la aviación comercial por los cielos de Ucrania, los caminos probadamente peligrosos hasta la misma catástrofe, son los que políticamente usan las etnias y las lenguas como trochas imperiales, repartiendo pasaportes como siembra de guerras. Es ahora mismo el caso de Vladimir Putin: obseso como los de su jarca con la restauración de la hegemonía nacional rusa conseguida hace un siglo mediante el maridaje, advertido por Bardiaef, del mesianismo eslavo y el marxismo leninismo. Es decir, con el sovietismo o fascismo rojo.

No hay, digo, caminos de más peligro. Desde el atragantón de melancolía histórica en que se sumieron aquellas últimas promociones del KGB cuando se desplomó la URSS, el cadete Putin se debió engolfar en sueños de redención y resurrección del poder nacional: arrumbados definitivamente, tras el golpe de Boris Yeltsin – saturado de alcohol y resentimientos con el que había sido su propio sistema bolchevique- los harapos de su misma biografía.

Junto al vodka como carburante de su ánimo rebelado contra los conmilitones del PCUS, Yeltsin se valió de Putin y de otros siete jóvenes – los llamados “oligarcas”, seis judíos y uno ruso – para montar los tiendas del Estado nuevo, democrático y pluralista, y los rudimentos de sistema económico que supliera la vieja economía centralizada, incapaz de sostener en pie el régimen leninista, herido de muerte en la entonces penúltima guerra de Afganistán.

Conforme pacto previo, los oligarcas se enriquecieron y Putin se reservó el poder de la política. Pero aquéllos quisieron más: mojar en política también. Putin reaccionó en la pelea política nacional como luego lo haría en la arena internacional. Huyeron a tiempo sus adláteres del cambio con sus inmensas fortunas. Y uno de ellos, Jodorkowski, todo un zar del petróleo, fue detenido en una escala aérea, procesado, condenado y encarcelado en Siberia hasta fecha reciente, sufriendo allí un atentado del que se libró con más suerte que los 298 pasajeros y tripulantes del avión malasio.

En medio del turno de imputaciones por el derribo del aparato, se ha podido ver en las imágenes de un telediario cómo en una reunión del Consejo de Ministros ruso, aparecen sus componentes, presididos por Putin: todos en pie ante sus respectivos puestos en la mesa de reuniones, mientras algunos de ellos se persignan como si acabaran de rezar una oración por las víctimas del tremendo suceso, en el contexto de la información sobre la tragedia.

El cuadro tenía más de expresión de reconocimiento de la propia responsabilidad que de muestra de una genuina piedad por las 298 víctimas del espantoso suceso. Al inicial cruce de acusaciones mutuas en la imputación de la responsabilidad por el suceso, sucedía después la progresiva clarificación sobre qué había sucedido. Rápidamente el mundo cobró conciencia de que todo venía de la parte prorrusa en lo que es menos que una fraccionaria guerra civil entre ucranios que un conflicto derivado, como la propia crisis comenzada en Kiev por la rebelión nacional contra la injerencia de Moscú frente a la voluntad del país de adherirse al destino de la integración europea.

La directa acusación de la Casa Blanca de que el disparo del misil se había producido desde la parte oriental del escenario de la que guerra civil en que ha desembocado la tortuosa deriva putiniana ante la voluntad nacional de Ucrania y la firme defensa de la misma por el consenso euroamericano que la endosa, resolviéndose en sucesivas andanadas de sanciones económicas y políticas. Y llegando Washington a concluir- previamente a la progresiva imputación de responsabilidades amplias y específicas en la catastrófica agresión contra la aviación comercial – que “Rusia no ha cumplido con los estándares básicos de conducta internacional”.

Violación paladina de tantos estándares resulta, específicamente, la irresponsable dotación a las milicias prorrusas de material bélico como el tipo de misiles con el que fue derribado el “777″ malasio; material que fue repatriado a Rusia en dos envíos pocas horas después de que se hubiera producido el derribo.

El horizonte político-penal que ahora se abre es de inédita complejidad. Ante el Tribunal de La Haya se comienza a columbrar cargos como el de la acusación contra Rusia de “terrorismo de Estado”. Y junto a ello mismo, problemas como el de instrumentar cauces alternativos al del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, puesto que al ser Rusia miembro permanente del mismo – titular por ello del derecho de veto -, no cabe por ese conducto universal posibilidad alguna de instrumentar la justa y correspondiente sanción.

Caminos, pues, como el emprendido por el de la quinta de Putin no son simple y llanamente peligrosos, sino catastróficamente lesivos. Incompatibles con la ordenada y mínimamente segura convivencia internacional. Todo ello se ha estrellado contra las mieses de Ucrania. Cualitativamente, por su alcance sistémico, este suceso sólo encuentra parangón con los alcances terroristas del 11-S en Nueva York y Washington. Por consideraciones de responsabilidad objetiva, no es exagerado afirmar que el mundo ya no es como era. Con un Estado tan poderoso como la Federación Rusa situado como justiciable en el banquillo de los acusados.

Se trata de un problema nuclear porque afecta al núcleo de la convivencia internacional.