Ramadán a sangre y fuego

Los reiterados sucesos de terrorismo islámico, con nuevas matanzas de Boko Aram en iglesias nigerianas del nordeste del país durante las celebraciones religiosas dominicales, con resultado de varias decenas de muertes, justo el día que comienza este año la festividad del Ramadán, viene a sumarse la crucifixión en Siria, por las huestes del Estado Islámico de Iraq y el Levante, de ocho combatientes de otras fuerzas que combaten al régimen de Assad; las reiteradas ejecuciones masivas en ese espacio, aplican brutamente el foco de la atención internacional sobre un problema que afecta objetivamente al 26 por ciento de la población mundial (estimada en 1.157 millones de personas), correspondiente al número aproximado de musulmanes.

Y digo “objetivamente” porque es tan abrumador número de creyentes en el credo islámico el que también resulta dañado por esta demencia terrorista, comenzada en términos plenariamente significativos en este Siglo XXI, con los ataques de septiembre de 2001 ejecutados por la Al Qaeda de Ben Laden contra Nueva York y Washington. Es onda de fanatismo que en los actuales momentos se ha desdoblado y multiplicado por la ruptura de su dirección única hasta ahora, emancipados los nuevos “emires” del mando de Anwar el Zawahari, que era el segundo del fundador de Al Qaeda: cazado y muerto en Pakistán por el Ejército norteamericano.

Más allá de las consideraciones que merece la recién comenzada respuesta conjunta de las naciones occidentales que ahora se desarrolla en África Occidental, habrá que situar la reflexión que merece cuánto de pasividad poco menos que culpable supone el silencio del Islam más mayoritario y representativo ante la acelerada propagación de toda esta epidemia político-religiosa, por llamarla de alguna manera. Pues resultantes políticas es lo que busca y argumentos religiosos son los que esgrimen a lo ancho de todos sus frentes de actuación y en todos sus ámbitos de comparecencia.

¿No tienen nada que decir los representantes de las corrientes más mayoritarias del Islam ante esta explosión de barbarie que representa el terrorismo yihadista? Habrá de ocurrir, mientras no sobrevengan actuaciones de esta naturaleza – centrada esencialmente en diferenciar qué debe pretenderse conforme al mensaje coránico y qué no cabe entender de ninguna manera como parte del mensaje del Profeta – que sobrevendrá lo peor por el rechazo y la impaciencia del mundo civilizado.

La exigible intervención cabe dirigirla de manera muy específica y concreta a los Gobiernos todos de los países mayoritariamente musulmanes tanto como a las Organizaciones y Conferencias internacionales, comenzando por las propias Naciones Unidas. Los primeros interesados en abordar el problema son los componentes del mundo islámico solidarios con la convivencia civilizada y pacifica entre los pueblos y las religiones. Lo contrario, la indiferencia y el silencio, puede generar sospechas tan lógicas como injustas, de complicidad y complacencia.