Disparada descomposición de Iraq como Estado

El sectarismo religioso en armas de los yihadistas en Iraq, que prosiguen su expansión luego de atravesar la fase larvaria en la guerra civil siria, ha llegado en su desarrollo militar a las puertas de Jordania. El proceso encuentra su réplica política en la ejecutoria de Nuri al Maliki, el primer ministro iraquí, cerrado a la idea de un Gobierno de inclusión, de base plural, como necesario primer paso para enfrentar la batalla política previa a toda respuesta militar rigurosa. Capaz de detener el victorioso desafío que conduce el radicalismo suní, pilotado por la facción escindida de Al Qaeda.

Ese el embrollo que John Kerry, el secretario norteamericano de Estado ha pretendido deshacer en su doble visita a Bagdad, donde infructuosamente se ha entrevistado con Maliki, y Erbil, capital de la región autónoma kurda, para hacer lo propio con su dirigente, Masud Barzani, y promover una alianza política entre ambos: oportuna en la medida que los kurdos son musulmanes de adscripción suní, como los yihadistas hasta ahora victoriosos en esta contienda, y a los que hasta el momento, con sus Pesmergas, ha sido la única fuerza armada que ha podido hacerles frente y pararles los pies.

Maliqui, asido al nominalismo democrático de representar la mayoría demográfica ganadora en las urnas, no quiere socios en el Gobierno puesto que, históricamente, los suníes les excluyeron siempre desde que los vencedores de la Primera Guerra Mundial, con el botín del petróleo aparecido en Kirkuk, se inventaron en Mesopotamia un Estado dónde no lo había y se lo quitaron a los kurdos que habían sido los destinatarios del acuerdo al respecto convenido en la Paz de Versalles. Iraq fue así como uno de los principales activos del despiece territorial al que sometieron el Imperio Otomano.

A estas alturas de la película, puestas las cosas en la sabida forma, cuando Barzani – mientras exporta ya petróleo a Turquía pasándose a Bagdad por el antifonario – entrevé la probabilidad de que Iraq derive en cuanto Estado hacia algo semejante a una confederación de campos de petróleo repartida entre jefes tribales y notables, no deja de tener su explicación que Masud Barzani se recueste en el sueño de que el Kurdistán donde tiene asiento su poder, rescate el Estado que los vencedores de la Primera Guerra Mundial le dieron a los suyos en un primer momento, antes de que Gulbenkian arbitrara con muy remunerado talento el reparto del oro negro de Kirkuk.

Es decir, el desplome del Iraq actual como Estado parece ahora mismo mucho más claro que cuando el yihadismo del Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL), desde el impulso tomado en la guerra civil siria, comenzó su actual cabalgada por Mesopotamia y sus aledaños. El sirio Bashar el Assad no hablaba a humo de pajas cuando dijo, cuando arrancaba también por Damasco el conflicto de la Primavera Árabe, aquello de que una guerra civil en Siria traería consecuencias sistémicas y catastróficas en todo el Oriente Próximo y Medio. No es percepción visionaria la de Barzani, esa de un Estado en el Kurdistán iraquí. Peligros manejos son esos de jugar con la moviola de la Historia. La unidad política de Iraq, lo ha visto el secretario norteamericano de Estado, es una hipótesis de trabajo a revisar.