Cambia el viento y Putin recula ante Ucrania

Pide el presidente ruso al Senado que anule el permiso que le dio para mover tropas en su país hacia Ucrania. Y lo hace luego de haber sostenido una larga conversación telefónica con el presidente Obama. Cabe decir que la noticia tiene una sola y única lectura: la de que da por recibido el aviso de la Casa Blanca. El aviso de que continuar la última finta estratégica – que enlazaba con las maniobras anteriores de traer nuevos efectivos militares hacia el Este mutilado de la nación ucraniana – acarrearía otra andanada occidental de sanciones económicas y/o políticas sobre la Federación Rusa.

La flexión putiniana, forzoso es señalarlo, no sólo se ha producido tras de la llamada de Washington, sino al cabo de dos jornadas de tregua unilateral decidida por el presidente Poroshenko en su decidida campaña militar contra los milicianos prorrusos en el Este de Ucrania, principalmente en torno a Donetsk y Lugansk. O sea, en la “marca” sostenida por Moscú junto a la anexionada Crimea. Es como si al aire de las conmemoraciones del desembarco de Normandía – que abrió el último capítulo de la Segunda Guerra Mundial – hubiera levantado el espejismo de una penetración militar rusa a través de las tierras negras de Ucrania, dónde crecen las más grandes espigas de trigo que se cosechan en el mundo.

Era aquello de la traslación de fuerzas militares por las áreas claves del espacio ruso como un amago retórico de otro “desembarco” automáticamente descontado, puesto que en términos de colisión de bloques no está la cosa para ese género de fintas y de adornos. La llamada de Obama, a lo que se ve, puso las cosas en su sitio: especialmente estos manejos militares, autorizados por el Parlamento de Moscú, del que fue cadete del KGB y ahora quiere restaurar el muy averiado “equilibrio geopolítico” trastocado en el corazón euroasiático con la desaparición de la URSS.

Tenido en cuenta que el mundo occidental rechaza en bloque la anexión rusa de Crimea y que en forma alguna cabe afirmar que los milicianos prorrusos sean sólo ucranios del Este y no también fuerzas rusas de tomo y lomo – tanto si proceden de fuerzas transfronterizas titulares de sus respectivos pasaportes, o si los integran ucranios rusoparlantes, que la Rusia de Putin asimila a ciudadanos propios, como sucedió con los georgianos de Abjasia y de Osetia del Sur cuando la guerra de 2008 -; advertido que en esta cuestión está situada la argamasa dialéctica del actual problema ucranio, aconseja entender que el movimiento de Putin escenificando la marcha atrás en el uso de las facultades que le había concedido el Senado, ha sido tanto como un movimiento circular, en torno al punto dónde estaba, para ir tejiendo desde ahí el entramado argumental destinado a establecer en su momento que la tropa miliciana toda es incuestionablemente rusa en cuanto titular y portadora del correspondiente pasaporte expedido por el Gobierno de Moscú.

Si algo faltara para cerrar el circuito de reconversión nacional de esa tropa y de sus allegados familiares, ahí están los “campos de refugiados” dentro del espacio ruso a los que decenas de miles de ucranios se han ido, con la tregua, a la espera del dicho correspondiente pasaporte. Esa maniobra, dicho está, ya la hizo Putin en Georgia cuando los Juegos de Pekín. Putin recula ahora para ganar tiempo y volver después.