Kerry palanquea contra Al Maliki en Bagdad

El secretario de Estado en la Administración de Barack Obama ha dado un repaso urgente a la averiada estructura estatal de Iraq. Como un par de horas en Bagdad con el presidente Al Maliki, y con otro tanto, en la kurda ciudad de Erbil con Barzani, preboste mayor y poder histórico en esa autonomía, fragmento iraquí del Kurdistán que no llegó a ser Estado, pese a que la Conferencia de Versalles, conforme la paz del mismo nombre, hubiera asignado un Estado a toda esa región que se extiende de Levante a Poniente por todo el actual norte de Siria, Iraq y Persia. Pieza que ahora ya no se llama así sino Irán, luego de que el padre del Sha Reza Palhevi decidiera cambiarle el nombre después de su visita a Hitler en Berlín, en el arranque del III Reich; y tras la Revolución jomeinista que derrocó al Imperio autoritario del papel cuché, tomó el teocrático nombre de República Islámica de Irán. También conocida familiarmente como régimen de los ayatolás.

Toda esa policromía histórica ilustra la crónica de las graves preocupaciones en que se encuentra la diplomacia norteamericana a resultas del desastre a la redonda en que se ha resuelto el estado de la región mesopotámica, desde la punta del Pérsico donde vierten el Éufrates y el Tigris hasta el Mediterráneo oriental. Los kurdos no recibieron el Estado que se les había reconocido al cabo de la Primera Guerra Mundial por la derrota del Imperio Turco, tras haberse encontrado petróleo en Kirkuk – que fue el pretexto angloamericano para inventarse el Iraq – y luego de que el nacionalismo árabe barriera la Monarquía de los Hachemíes, dispuesta por los británicos, dando entrada con ello a una larga cadena de dictaduras que se extendieron hasta la de Sadam Hussein, su derrota y su muerte a manos de Estados Unidos. Que en un primer momento la instrumentaron para frenar y desangrar la “revolución islámica” en una larga guerra de ocho años.

Entre los cascotes de todo eso y principalmente entre los del fracaso de la democracia posterior al final de la guerra de Iraq, anduvo a estas últimas horas el director de la diplomacia estadounidense en tares de cuadrar el círculo, pues la torpeza del diseño para el mundo salido de las urnas iraquíes a manos de la chií dirigencia electa, ha cometido el explosivo error de bajar al palenque político el encono de un sectarismo religioso centrado en la más formidable fractura padecida por el Islam: la de los suníes y los chiíes.

La entrevista de John Kerry con Barzani ha de entenderse dentro de la hipótesis de que para abordar por la base la guerra civil que se extiende ya por un tercio de Iraq, hay que rescatar el proyecto democrático naufragado tras de las urnas por la vía de la que se ha dado llamar un camino “inclusivo”, en el que junto a los chiíes participen otros representantes, suníes y cristianos en lo religioso, pero también los kurdos en lo étnico. Así lo entienden todos, incluso la alta representación chií del Iraq y los propios ayatolás de la República Islámica de Irán. Quien se resiste a pasar por ello hasta ahora es el tal Al Maliki, terne en su idea de ganar una guerra al sunismo adversario – que hasta el momento no hace otra cosa que perder sin pausa – por la vía de la ayuda militar norteamericana en cualquiera de sus grados, escalas y modalidades.

Habrá que entender, en resumen, que la misión de Kerry en Bagdad y en Erbil no ha sido otra que la de llevar, a sus respectivos interlocutores, la respuesta primera a la crisis bélica. Es la alternativa política, de la “inclusión”, frente al empecinamiento sectario recostado en la mayoría demográfica registrada en las urnas. Algo tan nada realista como la proporción inversa existente en la base de la guerra civil que padece Siria: con el poder en manos del minoritario chiísmo de los alauíes en que se apoyan los Assad. En culturas políticas arcaicas como las arabo-musulmanas y las paleo-cristianas, las mayorías demográficas raramente coinciden con las democráticas.