Obama, perdido en el laberinto

Para la Casa Blanca, vistas las pulsiones militares, políticas y diplomáticas de estas horas de sectas islámicas en armas; al cabo de las jornadas sucesivas del Consejo Nacional de Seguridad, cuando en éstas no se concluyen criterios de actuación, las preguntas a la esfinge que hace el presidente Obama, tampoco tiene claro si dirigirlas a la que en Egipto calla mirando al Nilo, o plantearlas a alguna divinidad babilónica pendiente aún de desenterrar en la actual realidad mesopotámica, donde el Éufrates y el Tigris, indiferentes, continúan sus silencios de siglos, junto a la Nínive milenaria revivida en la actual barbarie con la Yihad islámica devorando a grandes bocados la estabilidad penúltima del que fue Estado de Iraq.

A oscuras bajo tanto sol, el presidente norteamericano descarta por ahora bombardear las posiciones tomadas por las huestes del Estado Islámico de Iraq y Siria, visto el modo como se le barajan las referencias políticas y diplomáticas del conflicto, puesto que desde Bagdad el Gobierno del presidente Al Maliki acusa al de Arabia Saudí y al de Qatar de fomentar el yihadismo, mientras los acusados atribuyen la responsabilidad de todo a la rigidez sectaria con la que el Gobierno chií discrimina y excluye a la minoría suní. O sea, lo mismo que en Siria pero al revés, puesto que allí, en torno a Damasco, la mayoría demográfica son los suníes y la minoría gobernante con los Asad vienen siendo los chiitas alauíes.

A resultas de la guerra e Iraq, con la derrota y destrucción de la dictadura nacionalista de su Baas y el establecimiento del sistema democrático, los chiíes son los que mandan, mientras que en Siria los discriminados son los componentes de la mayoría suní. Se trata, pues, de dos contradictorias asimetrías en colisión dónde el conflicto se autoalimenta: dentro de cada una de ellas y entre ellas mismas. Así las cosas no hay esfinge que se anime a responder a una sola de las preguntas que se está haciendo el presidente Obama en estas horas de Washington y del universo mundo.

Para más complicar aun las cosas, el horizonte de fondo en el que se inscriben las respectivas opciones islámicas que contienden en Iraq, sin todavía dejar de hacerlo en Siria, es a su vez contradictorio para las referencias diplomáticas de Washington en el Oriente Medio. De una parte está su alineación de siempre con el poder de los Saud, mientras que, de otra, el nuevo presidente de Irán, Hasan Rohani, mantiene su oferta de colaboración con Estados Unidos y su disposición de ayuda al Gobierno de Bagdad para combatir al yihadismo de base suní. Que en estos momentos libra una batalla, camino de la capital iraquí, para hacerse con el control de la principal refinería del país.

A su vez, la apertura iraní hacia una colaboración regional, lleva de suyo, añadido, otro principio de contradicción para la política norteamericana de siempre en Oriente Medio: la alianza sistémica con el Estado de Israel. El nudo que todo esto significa no merece otro adjetivo que el de “gordiano”, por lo complejo y enrevesado del que había dispuesto en un carro de la ciudad de Gordion, en la antigua Frigia. Se decía que aquel que lo deshiciera conquistaría Asia. Alejandro Magno lo deshizo de un tajo de su espada, y llegó hasta la India… Obama, más hamletiano que alejandrino, no parece partidario de encontrar así la salida del laberinto asiático en que se debate.