Las arenas de Oriente Medio se vuelven movedizas

Las guerras sectarias en Iraq y Siria – que han precipitado en la Casa Blanca una reunión parece que de urgencia del Consejo Nacional de Seguridad, integrado en esta ocasión por los máximos responsables de la política Exterior y de Defensa, además de por los directores de todos los servicios de Inteligencia y de las Fuerzas Armadas -, han tenido la virtualidad de cambiar el principio aritmético de que el orden de los factores no altera el producto.

Las referencias sobre los hechos de armas y los movimientos políticos se permutan, mezclan y recombinan en el flujo de los hechos. Lo hacen, además, en términos puntuales y en los aspectos globales. La percepción que parece imponerse es la de que a muy corto plazo puede sobrevenir una declaración de largo alcance desde la propia Casa Blanca, en la misma línea inusual en que ya sucede, a niveles medios, dentro del conjunto del Asia Menor.

Todo parece volverse sorprendentemente fluido, como las acusaciones que se entrecruzan entre el Gobierno de Bagdad, que responsabiliza a los de Arabia y Qatar de lo que ahora ocurre en Iraq de “respaldar el terrorismo”, luego que desde Riad se responsabilizara a la política discriminadora del chií Al Maliqui de crear las condiciones para que se llegara a dónde se está, con el yihadismo del EIIS (Estado Islámico d Iraq y Siria) teniendo bajo su control la ciudad de Mosul, la segunda ciudad del país, y progresando todavía en su camino hacia Bagdad. Extremo éste que, al parecer, es lo que más preocupa a la Casa Blanca por lo que supone de riesgo para la seguridad de la Embajada de Estados Unidos en el país.

Después de lo que ocurrió con el asalto a la sede de la representación norteamericana en Libia, con la muerte del embajador y de otros diplomáticos -efecto de una monumental imprevisión de los propios servicios de seguridad nacional -, se explica la preferencia que en estos momentos aplica Washington a este concreto punto de la situación iraquí. Pero es obvio que ello sólo es una punta, la más llamativa de todas, del escenario general tanto de Iraq como del entero Oriente Medio.

Materia de urgente ponderación para la presidencia de Obama es tanto el alcance de considerar la oferta de colaboración planteada por el presidente de Irán – que previamente había manifestado su voluntad de ayudar a su correligionario el presidente de Iraq – como la puesta en valor de la andanada del iraquí Al Maliqui contra el Gobierno de Arabia Saudí, que es poco menos un aliado sacramental de los Estados Unidos de América.

Lo arduo de la cuestión iraquí, tan sustancialmente ligada con la de Siria por sus compartidos componentes religiosos y sectarios, resulta de la transversalidad sobre la que está montado todo este conflicto. Puesto que, además, se combinan otros factores de tanto peso como el del problema de Irán con el enriquecimiento de Uranio y el de la guerra civil siria, dónde la República Islámica de Irán tiene su compartida apuesta por el Gobierno chií de Iraq, y el co-patrocinio político, diplomático y militar de la Federación Rusa, por cuanto a Moscú le supone la disponibilidad de la base naval de Latakia. Todo del más acrecentado interés por el calentamiento geopolítico del Mar Negro desde la crisis de Ucrania, con la anexión putiniana de la península de Crimea y la semiguerra civil en el sudeste ucraniano.