Nueva generación, cambio epocal, segunda transición

Vistas las cosas con calma, no ha sido la abdicación – reclamada por algunos: pescadores quizá en río revuelto – la puesta en escena de dificultades nacionales parecidas a las cursantes en el inicio de la reinstauración monárquica a la muerte de Franco. Cierto es que los consensos nacionales se encuentran ahora bien deteriorados: en términos sociales, por causa de la crisis económica; y, en términos territoriales, por la agravada defección de los nacionalismos regionales. Una cosa y la otra a causa de errores en la percepción de los problemas de entonces o por efecto de fallos cometidos en el tratamiento de los mismos.

Es lo cierto que lo entrevisto a la salida del régimen de Franco – resultante de la guerra civil causada por la deslealtad de las izquierdas y el secesionismo a las instituciones republicanas, desde la revolución de octubre del 34 y el golpe de Estado de Companys desde la Generalidad de Cataluña -, tuvo más fácil salida de lo entrevisto en el arranque del propio proceso constituyente. El disenso era de calidades abismales. El único acuerdo avizorado era el de que se estaba en el desacuerdo global. Así, la hoja de ruta para la confección de la Carta Magna se resolvió, en cuestiones tan de calado como la unidad territorial de España, con imprecisiones y contradicciones como la afirmación de la unidad nacional y la incorporación de categorías políticas como las “nacionalidades”.

La candidez y lo bisoño de los primeros equipos de Gobierno hicieron el resto en decisiones de gravedad tan extrema como la de transferir a los gobernantes autonómicos las competencias en materia de Enseñanza. Con ambas cosas se forjó la fractura de la conciencia nacional tanto en Cataluña como en las provincias vascas, al sumarse a ello las ilegalidades políticas durante la calamidad del zapaterismo. Por lo demás, las izquierdas, en cambio, sí fueron leales en la cohesión del modelo social durante los dos primeros tercios de la Transición.

A grandes pinceladas, así ocurrieron inicialmente las cosas dentro de la Primera Transición, con dos generaciones y el tramo epocal correspondiente; pero en el último tranco de ésta, solapándose con el mismo, la brutalidad de la crisis económica y social invirtió el paradigma de la prosperidad precedente, dando entrada con ello al protagonismo principio de una tercera generación: nuevos rostros, nuevas gentes y nuevos discursos ideológicos revestidos de radicalidad y tramoyas de la extrema izquierda. Toda una dinámica que ha tenido su punto ideal de ignición política en las Elecciones Europeas, asumidas en régimen de utilidad puntual y a plazo distinto que las generales.

Cabe entender que, en términos nacionales, estamos en este nuevo contexto histórico definido por la abdicación del rey Juan Carlos. En un cuadro de fin de ciclo, de cambio de época y de irrupción de otras generaciones que han de protagonizar el reinado de su hijo Felipe VI, a despecho de un republicanismo posiblemente de aluvión, recalentando por izquierdas extremas y antisistema que ahora sientan en Barcelona a negociar al nacionalismo renqueante de CiU a golpe de contenedores en llamas. Obligado es de esperar que cuando la crisis escampe y el paro se resuelva, arranque en paz la nueva Transición con el Rey nuevo.