Regreso de Japón a la opción militar

Vista la bronca habida en Singapur dentro de la Conferencia de Seguridad de Shangri-La entre el representante de la delegación de Pekín, el vicejefe del Estado Mayor, Wang Guanahong, por la posición conjunta del pPrimer ministro de Japón, Shinzo Abe – al manifestar que nadie debe imponer exigencias territoriales con violencia, señalando al tiempo la disposición nipona en el plano de las respuestas militares -, y el secretario de Defensa norteamericano Chuk Hagel – acusando a China de desestabilizar la región, por sus pretensiones territoriales sobre aguas que conciernen a Filipinas, Indonesia, Thailandia y Vietnam – ; advertida la irritación del representante militar chino por el rejón dialéctico nipo-americano contra la puesta en escena de las pretensiones chinas en áreas del Pacífico Occidental que afectan, hacia el norte, a Japón, y por el sur, a los referidos Estados, pues ello rompe con los precedentes protocolarios de ese foro singapureño…, resulta razonable entender que se abre el capítulo más relevante de las consecuencias geopolíticas generadas por el gran pacto energético suscrito entre China y la Federación Rusa: derivado a su vez de la respuesta rusa a la reacción conjunta euro-norteamericana.

Todo tiene su lógica en los engranajes de la actualidad más reciente. También en política nacional e internacional, parece evidente eso de que no hay acción sin reacción. Recapitulemos. A la acción ucrania de descabalgar al presidente Victor Yanukóvich por obsecuencia cómplice de éste con Vladimir Putin, tras pasarse por las termópilas el mandato de la Asamblea Nacional, en Kiev, de acordar, durante la prevista ocasión de la Cumbre de Vilna con la UE, la asociación económica – primer paso hacia la integración de Ucrania en ésta -, siguió la reacción rusa de anexionarse Crimea. Y ante ello vino la réplica occidental, con las sanciones políticas y económicas a Moscú, como reacción a la ruptura rusa que ello suponía del estatus internacional expresivo de los consensos globales en el post-sovietismo.

Empero, la misma dinámica acción/reacción prosiguió luego con la anexión rusa de Crimea y el despliegue críptico de fuerzas rusas en el Sureste ucranio como armazón de fondo de la “rusofonía”: pantalla idiomática para el expansivo despliegue de la Federación en el escenario crítico de Ucrania, una de las “rusias” sobre las que reinaron los zares antes de que Lenin las trenzara de nuevo como la URSS, valiéndose de la mística eslava en funciones de engrudo del imperio de la Tercera Roma con el leninismo: tal como diagnosticara con precisión y profundidad quirúrgica Nicholas Bardiaef, nacido precisamente en Kiev y perceptor como pocos tanto del alma rusa y de las claves todas de la escolástica soviética.

Respuesta de mayor rango a las acciones del Kremlin actual sobre la actual Ucrania fueron las elecciones del 25 de Mayo pasado: una operación de sustancial blindaje frente a la succión imperialista pilotada por el presidente Putin, tal como ha demostrado la reacción militar del Estado agredido contra las taifas establecidas en el ucranio entorno regional de Crimea, que han permitido desvelar, con la identificación de caídos en los escenarios de secesión, la condición rusa de milicianos presentados como ucranios separatistas.

Pero la dinámica generada desde los sucesos de Ucrania, originados por la inicial acción rusa, ha venido a generar reacciones de mayor y supremo radio. Efectos de rango trascontinental. Así, de una parte, la aceleración de la respuesta económica euro asiática con la integración supranacional de la Federación Rusa con Bielorusia, Kazajastán y los Estados descolgados del Cáucaso, como Armenia y otros que lleguen… Y de otra parte, el regreso de Japón a las opciones militares implícito como probabilidad en las afirmaciones de Shinzo Abe en Singapur. Algo que excede al gran pacto energético ruso-chino. Es quizá la mayor reacción habida por la onda sísmica generada desde el incursionismo putiniano en la integridad soberana de Ucrania.