La abstención vota en Egipto

La victoria del mariscal Al Sisi por encima del 90 por ciento de los sufragios y una abstención superior al 40 por ciento del censo electoral, junto al margen de un tres por ciento centrado en la candidatura izquierdista de Hamdin Sabahi, pone de manifiesto el fondo y la forma en la que el naserismo ha regresado al poder tras del rodeo del cambio que, con la Primavera Árabe, llevó a la destitución de Hosni Mubarak de la Jefatura del Estado, su proceso y su encarcelamiento; a la apertura de una transición que remató en urnas democráticas que llevaron a los Hermanos Musulmanes, con Mohamed Morsi como candidato a la presidencia de la república. Pero también a que éste se irrogara capacidades constituyentes, saltándose los límites de la Constitución egipcia, lo que desencadenó al golpe el 13 de Julio de 2013.

De ahí en adelante, las manifestaciones motorizadas por los islamistas, la represión a sangre y fuego: 1.400 muertos, 15.000 manifestantes encarcelados y centenares de procesos resueltos en 529 condenas a muerte. La coránica y reaccionaria revolución en que había desembocado sobre el Nilo la famosa primavera norteafricana y árabe, forzó este escenario electoral de ahora en el que la gráfica de lo sucedido es la de una fractura nacional en dos mitades políticas. Una parte que vota en su inmensa mayoría al mariscal Abdelfatah Al Sisi y otra parte prácticamente igual que “vota” absteniéndose, en la que están los islamistas y una significativa cohorte de demócratas de distintas adscripciones, desde liberales a izquierdistas como los seguidores de Hamdin Sabahi.

Visto lo mismo desde distinto ángulo cabe entender que Al Sisi llega a la presidencia egipcia por poco más que por una “mayoría simple” dentro de la extraña álgebra electoral que resulta de integrar en la ecuación el añadido de un día más a los dos que la ley egipcia establece para las consultas. La variable establecida en este sentido parece obedecer a algo más que a un motivo cosmético: a lo muy atípico que ya de por sí resulta que los cuarteles convoquen las urnas se hubiera añadido una participación poco menos que ridícula de haberse cerrado los colegios electorales dentro del plazo normal y legal.

Pero el fondo de la cuestión va más allá. De lo que se trata realmente es de la segunda fase del choque de trenes, de la colisión, entre una visión secular y nacionalista de la política egipcia, expresada por los militares y otra supra-integrista – más allá del ensamblamiento de lo político y lo religioso – que representan los Hermanos Musulmanes, en la que la Sharia o ley islámica suplanta y desplaza la ley civil. Se trata de una disyuntiva ya resuelta históricamente desde el poder militar con la caída del Imperio Otomano con el golpe de Kemal Ataturk en la Turquía inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial. Algo en cierto modo reeditado en el Egipto del rey Faruk, tras el golpe de Estado del general Naguib y subsiguientemente desarrollado con la llegada al poder de Gamal Abdel Nasser y el establecimiento de un poder político, ciertamente no democrático y sí nacionalista, que se prolongó hasta la presidencia de Hosni Mubarak, arribado a la presidencia en 1981 tras de la muerte del presidente Sadat, ametrallado durante un desfile militar conmemorativo de la Guerra del Ramadán, a manos de una célula de los Hermanos Musulmanes integrada en el Ejército. El choque y la enemiga entre los Hermanos Musulmanes y el nacionalismo militar egipcio viene de lejos. Recordarlo aporta dimensión de fondo tanto al golpe de Al Sisi hace menos de un año como al suceso de estas elecciones. Los partidarios de la Ley Islámica han sido consecuentes al promover la abstención y, de alguna u otra forma, estarán ya pensando en su revancha. La democracia en Egipto, por otra parte, puede no ir para largo.