Calma chicha en el electorado egipcio

Al Sisi aparece derrotado por la abstención. Insólitamente, a la vista de que en las urnas apenas entran sufragios, la autoridad militar egipcia, que busca y espera la legitimación del sufragio, ha tomado la decisión insólita de añadir un día más a los dos con los que se suelen celebrar las elecciones en el País del Nilo. Para ver si así se camufla de algún modo el fracaso político de Al Sisi.

Extraña situación, por lo demás enteramente explicable. Una gran parte del censo electoral votaría islamista, como sucedió en las elecciones presidenciales que llevaron al poder a Morsi, al poco derrotado con el golpe de Estado militar del 13 de julio del año pasado, a la vista de que el islamista electo había poco menos que entendido que sus atribuciones presidenciales le permitían hacer aquello que le viniera en gana, saltándose la legalidad constituida. Posiblemente, cabe entender, porque el integrismo islamista esté hecho más a orientarse por el Corán que a reparar en los preceptos constitucionales y la ley civil sobre las que están montadas las democracias.

El golpe, decidido por la Junta Militar presidida por el entonces mariscal Al Sisi, no fue rechazado con grandes aspavientos, excepto por los propios Hermanos Musulmanes. Incluso Estados Unidos, tutor de facto de la democracia en Egipto, dejó entender muy pronto que no tomarían medidas en contrario: seguirían las ayudas económicas anuales… Vinieron luego los lógicas protestas de los islamistas con todos los muchos énfasis de que eran y son capaces, que encontraron la réplica que era de esperar desde la enemiga histórica que en Egipto les profesan los militares. Cadáveres a montones y detenciones por centenares.

Como si de un muy aumentado vídeo se tratara sobre lo que se reprimió por el régimen de Mubarak en la Plaza Tahir y sus entornos cairotas, así han interpretado y visto muchos de los que se arriesgaron en la protesta contra la deriva totalitaria en que se había instalado el régimen castrense en su día, medio siglo atrás, por la revolución naserista. La protesta popular no ha encontrado ahora mejor camino que quedarse en casa cuando el poder de Al Sisi, tal como arriba he dicho, esperaba legitimarse con estas urnas ahora despreciadas, combatidas, por vía de una abstención masiva, de magnitud estentóreamente deslegitimadora.

No había desenlace más brutal para la marcha de la Primavera Árabe en su tramo egipcio; por otra parte, tan nada gloriosa como sus desembocaduras en Siria, en Libia, Yemen, Bahrein … La moraleja que viene al caso sería la de que las primaveras, como las guerras, también se sabe como empiezan pero no como acaban.