Colombia no tragó la píldora noruega

Desde la obvia premisa de que el asunto de la narcoguerrilla es el problema central de la vida política de Colombia – tanto por su gravitación cursante como por el medio siglo que lo arrastra el país, además de por su repercusión regional y su radio en el hemisferio hispánico -, cabe deducir que el sonoro tropezón del presidente Juan Manuel Santos en la primera vuelta de las elecciones colombianas y la sorprendente ventaja de Óscar Iván Zuluaga, el candidato del uribismo (la tendencia que acuñó el que fue presidente Uribe, en cuyo Gobierno actuó Santos como eficaz ministro de Defensa frente a la narco-subversión de las FARC) se ha debido al giro copernicano del presidente Santos frente a la guerrilla. Pasó frente a ésta de la demolición militar a la negociación política.

Aunque no sólo se ha quedado ahí la inversión del rumbo político del actual presidente. El cambio, en su radicalidad, ha llevado como premisa el de las relaciones colombianas con la Venezuela del chavismo y el Ecuador del presidente Rafael Correa. Países ambos que reaccionaron rompiéndolas por efecto de la contundencia con que el presidente Uribe y su ministro de Defensa acometieron la lucha militar y la decisión política de aniquilar la narco-estructura de las FARC.

Era menester tal cambio sistémico en la política regional del presidente Santos, normalizando las relaciones con Caracas y con Quito, para que entrara formalmente la mediación cubana en la escenografía política orientada a la “negociación de la paz”: lo mismo allí que lo que fueron por aquí las negociaciones con ETA, especialmente en el periodo aciago del zapaterismo. Incluida, como no podía ser de otro modo, la intervención de la fórmula escandinava de mediación que trajo la “solución” del problema de Eta lo mismo que antes había logrado en Oslo la paz en el Oriente Próximo entre Israel y los palestinos.

La fórmula de la “píldora escandinava”, sabido es, consiste en una hoja de ruta para la negociación política consistente en la acumulación de logros sobre cuestiones adjetivas y laterales – cuya difusión pública aporta oxígeno publicitario al proceso-, pero también condicionadas en última instancia al final acuerdo sobre los puntos capitales del problema. Días atrás, en las vísperas de estas elecciones presidenciales el presidente Santos lanzaba a los cuatro vientos que las FARC estaban dispuestas, se comprometían, poco menos a que acabara el narcotráfico de la cocaína con tal de que se eliminara el prefijo “narco” en el término narcoguerrilla.

Eso implicaba que para que tal cosa pudiera suceder se necesitaba más tiempo que el año y medio transcurrido desde que comenzaron las negociaciones del Gobierno Santos con las FARC. Es decir, la condición necesitaba – aparte de Estados Unidos suscribiera el compromiso de renunciar a la captura un montón de narcoguerrilleros – de plazos que se adentran en el tiempo de una nueva legislatura presidencial en Colombia. Los resultados del domingo anticipan la probabilidad de que el actual presidente no repetirá mandato en la segunda vuelta del 15 de junio próximo.