Cambio a todo gas entre Europa y Asia

A cuatro años vista del cálculo de la NASA sobre el cambio climático inverso – al frío que no al calor, por mengua en la actividad de las manchas solares -, los presidentes de Rusia y China, Vladimir Putin y Xi Ping, firmaban ayer en Shanghái el pacto energético que tiene como pieza central un contrato para el suministro negociado durante diez años; tiempo durante el cual el Gobierno de Pekín se mantuvo en la pretensión de que el suministro ruso de gas se homologara en términos de precios con los de las repúblicas centro -asiáticas que le han venido abasteciendo hasta ahora.

El pacto suscrito, que incluye suministros de petróleo y gas, consta de capítulos tales como la entrega de 38.000 millones de metros cúbicos a lo largo de 30 años, conforme precios que se equiparan con el nivel promedio de los convenidos en los contratos de suministro europeos. Al tan sustantivo porte de las cifras que concretan la cooperación económica ruso-china en el ámbito de la energía, debe añadirse, de una parte, el celofán geopolítico que representan las actuales maniobras militares conjuntas que desarrollan ahora mismo las dos potencias, y de otra, la negociación, aun abierta, para que China aporte créditos baratos destinados tanto a la construcción de las infraestructuras de transporte de los hidrocarburos como para la explotación de los nuevos yacimientos siberianos.

Junto a la correcta percepción occidental de que los acontecimientos de Ucrania han sido detonante de la aceleración del proceso ruso-chino de vertebración económica, debe anotarse la propia inquietud europea por lo que supone el riesgo de que la actual situación de crisis – a la que habrá de añadirse lo que genere el paralelo proceso georgiano de vinculación a la Unión Europea, tan simétrico y tan semejante al ucranio -; inquietud plasmada en la propia reclamación epistolar a Vladimir Putin del presidente de la Comisión de la UE, José Manuel Durao Barroso, de que garantice el suministro de gas al espacio europeo, instándole a mantener el compromiso de que no cortará el envío del mismo a Ucrania; expresándole, en este sentido, el temor de que Moscú modifique las condiciones de suministro establecidas.

A estas alturas de la película, con el porte de los acuerdos cerrados ya con China, es una obviedad que la Rusia de Putin ha llegado con el Oriente que China representa -quizá como ninguna otra lo hiciera- a extremos de sintonía o complementariedad de intereses poco reversibles en el medio plazo. Acaso el reverdecido turno georgiano en la basculación a Occidente de naciones que estuvieron en la URSS tendría de ahora en adelante menos efectos críticos que el tenido por Ucrania, habida cuenta que ya pagó la factura a Rusia con la guerra que ésta le hizo en 2008 y el botín de anexión que representó la pérdida de Abjasia y de Osetia del Sur.