La muñeca rusa en Ucrania

Mientras Vladimir Putin asegura por tercera vez que ha ordenado la retirada de las tropas rusas desplegadas junto a la frontera de Ucrania y la OTAN denuncia el reiterada incumplimiento del anuncio/promesa del presidente ruso, éste envía instrucciones a sus capataces crimeos para que aten corto a los tártaros de la península tomada a Ucrania a los que Stalin trasterró a los confines siberianos y que regresaron luego de que Kruschef la hubiera transferido medio siglo atrás a la soberanía de Kiev. Hay en todo esto algo más que una simple retórica de dominio destinada a la humillación de los ucranios.

De una parte, en lo que toca a la fuerza rusa sostenidamente desplegada junto a la frontera, se trata de enfatizar ante el bloque occidental que Moscú no renuncia a la voluntad de rescatar el “espacio vital” que en ese concreto apartado junto al Mar Negro tenía su poder envuelto en el puño soviético; es decir, cuando no había sobrevenido la “catástrofe geopolítica” que, según Putin, supuso la desaparición de la URSS.

Aquella afirmación traduce el marco conceptual en el que se agrupan las decisiones de fondo que, al respecto, se han tomado en Moscú desde el establecimiento del “putinato diárquico”: la continuidad nacionalista del poder que gobierna la Federación Rusa desde la llegada de Putin a la jefatura del Estado y, con ello, el establecimiento de la fórmula continuista de la alternancia interna del proyecto compartido con Dimitri Medvédev, con la que salva el límite de dos mandatos presidenciales consecutivos establecidos por la Constitución de la Federación o Patria Rusa.

Así, cuando uno de ambos ha agotado los dos mandatos presidenciales es relevado por el otro, que durante ese doble periodo en la Jefatura del Estado ha ostentado la jefatura del Gobierno. Y cumplidos los relevos, queda garantizada la continuidad que aporta el formato diárquico del “sui géneris” sistema democrático que conjuntamente montaron uno y otro bajo el paraguas alcohólico del periodo de Boris Yeltsin en el poder.

Opción derivada del componente político de la herencia mientras que los Siete Oligarcas recibieron en paz el patrimonio económico, hasta que se metieron en política y tuvieron que exiliarse: todos menos Jodorkwski, al que procesaron después confiscándole el imperio de los hidrocarburos – que había sido su parte en el legado yelsiniano -.

Ese continuismo diárquico en el poder del Kremlin ha hecho posible hasta ahora la ejecución del proyecto putiniano de restaurar, golpe a golpe y tramo a tramo, en sucesivas etapas, la estructura imperial soviética. Tanto en lo territorial como en el plano de las opciones estratégicas, sin prisas pero sin pausas: escardando el Cáucaso de brotaciones islamistas; saqueándole a Georgia, en 2008 y al aire de los Juegos Olímpicos de Pekín, los activos turísticos de Abjasia y Osetia del Sur, por haberse movido también hacia Occidente; aferrándose a la alianza con Siria y con Irán, y saqueando la soberanía de Ucrania, con la anexión de Crimea y la injerencia en el formato constitucional de su Estado.

Pero también, la ruptura putiniana del estatus incluye ahora mismo la promoción de los separatismos en el sureste del país. Además de la burla de sus milicianos – armados y encapuchados – y la farsa de su repliegue militar desde la frontera con Ucrania. Y todo ello luego de haber restaurado los movimientos a escala global de su aviación y de su talasocracia, a lo ancho de los mares, con reivindicaciones en el Ártico y cuidada presencia en el Antártico. La “catástrofe geopolítica” está en camino de ser corregida… Paso a paso, cada cosa queda dentro de la otra.