Pirámide política sobre la coca colombiana

A lo que parece, el futuro del narcotráfico soportado en la narcoguerrilla colombiana depende tanto de las negociaciones de La Habana entre el Gobierno de Bogotá y representantes de la narcoguerrilla, comenzadas hace 18 meses, como del resultado de las próximas elecciones del 25 de este mes, correspondiente al último domingo del mes de Mayo. Resulta esta previsión de que en todos y cada uno de los puntos de la agenda de discusión de este proceso negociador, se dejó para el final de los cuatro capítulos temáticos en que se dividió el debate habanero, aquellos de sus tramos en los que el consenso no ha sido puntualmente posible.

Lo de menos, hasta cierto punto, es que los negociadores consigan después superar las discrepancias sobre lo aparcado primero para abordarlo luego, como en el caso de la pretensión de la guerrilla de que, nominalmente, se la libere del prefijo “narco”; lo de más es que la hoja de ruta de la negociación pasará finalmente en todo caso por el inmediato fielato electoral. El Gobierno resultante de ellas será quien al cabo diga la última palabra.

El presidente José Manuel Santos, obviamente, no culminaría la operación “normalizadora” frente a la narcoguerrlla si las urnas dijeran lo contrario: bien de forma directa contra el completo paquete de lo acordado, comenzando por la cocaína como economía nutriente de la guerrilla, o de modo indirecto por el establecimiento de senderos que lleven el problema de la desestabilización “revolucionaria” al punto de partida.

Esa ingeniería para la pacificación consistente en el trazado de hojas de ruta para las negociaciones de paz consistentes en diferir el abordaje de las cuestiones realmente sustantivas, de alcance medular, para ir acumulando acuerdos en las partes adjetivas del problema. Método que habrá de llamarse fórmula, patrón o carta de navegación noruega: de la que los españoles tenemos cumplida noticia con la última historia de la negociación fuera borda practicada con Eta y para el separatismo vasco. Al final, como bien se sabe, sólo hubo ruido escénico y muy prestidigitadores juegos de luces, dónde los únicos beneficiarios de la fantasmagoría han sido las respectivas gentes de uno y otro género de terrorismo y negocio. Ocurrió que no perdieron un minuto, tras de evidenciarse lo fantasmagórico de lo realmente habido, para capitalizar en propio beneficio lo resultante de la peripecia. El humo de su proceso de paz.

Lo que no está claro es de qué manera el Gobierno del presidente Santos se ha dejado embaucar por estos chamarileros escandinavos que ahúman los procesos de paz como los arenques. Su prestigio en estas lides no rebasa la histórica dimensión del fracaso en que resultaron al cabo los afamados Acuerdos de Oslo entre el Estado de Israel y el activismo palestino.

En cualquier caso sorprende el presuroso redoble de campanas con el que el presidente Santos se ha apresurado a vender la piel del oso narcoterrorista desde el señuelo del supuesto acuerdo futuro con las Farc ; sobre todo cuando la suerte de decenas de narcoterroristas colombianos pende de las correspondientes demandas norteamericanas de extradición. Y todavía más, cuando el compromiso de la narcoguerrilla de romper cualquier vínculo con el narcotráfico se relega al momento en que haya un acuerdo de paz que ponga fin al conflicto. Lo del fin del “conflicto”, meollo de la cuestión, es la rúbrica cubana a la ingeniería noruega para el cambalache con el terrorismo.