Soma, catástrofe como parábola

Un cantado balance final del orden de 400 mineros muertos por el grisú en la explotación turca de Soma, es cuadro social bastante para explicar la cadena de consecuencias políticas generadas por ello. La onda, sin embargo, está sólo en sus indicios: parece lejos de haber llegado a su fin. El despliegue de los vectores de todo orden implícitos en tan monumental suceso, pudiera estar aun sólo en sus comienzos. Los 20.000 manifestantes de Esmirna, sumados a los que protestan en Estambul -donde el Gobierno del islamista Erdogan se esfuerza por mantenerlos fuera del centro urbano-, puede no haber tomado todavía el formato crítico de la repulsa ciudadana.

La huelga general, promovida en principio por el sindicato Disk, de expresión revolucionaria, y por el Cesk, que aglutina a los funcionarios -según informa la Agencia Efe- estaría siendo el pórtico de una oleada de protestas no sólo sindicales sino esencialmente políticas, y de aliento incluso revolucionario. La dinámica de la situación desatada por la catástrofe minera ha venido a deflagrar en medio de una secuencia de tensiones que tuvieron sus puntas más agudas durante el verano pasado, con manifestaciones en Estambul y Ankara originadas en la protesta contra la construcción de una zona comercial dentro de un espacio urbano muy cualificado. Aquello desembocó en sucesivas jornadas de disturbios de notoria violencia y consecuente represión policial, censurada incluso por el Secretario de Estado John Kerry…

Atribuyó entonces el Gobierno de Ankara las movilizaciones a causas políticas situadas más allá de los motivos alegados en las protestas, señalando concretamente al frente político laico que se opone a la condición islamista del Gobierno de Erdogan, perteneciente al partido Justicia y Desarrollo. Aquellos episodios podrían traer tal causa ideológica; pero ello, aunque no fuera efectivamente así, abunda en la probabilidad de que tales motivaciones sigan todavía tan vigentes como entonces. Y si la desestabilización social llegó hasta donde lo hizo, con cientos de heridos en los choques de la policía con los manifestantes, por causa de una cuestión urbanística que afectaba a un monumento a Kemal Ataturk, creador de la república turca, ¿adónde podría llegar ahora la protesta por la catástrofe minera junto a Esmirna, con un balance de muertes que estará en la raya de los cuatro centenares?

Elogiable de todo punto ha sido el valor personal mostrado por Recip Erdogan, el primer ministro turco, presentándose en la bocamina de Soma entre la multitud allí congregada, que le ha zarandeado el automóvil cuando de allí se retiraba. Pero no cabe decir lo mismo, ciertamente, de la política de relajo que ha llevado al actual estado de cosas, especialmente con episodios de corrupción, aparentemente inseparables de la pérdida de los controles estatales sobre las condiciones de seguridad exigibles a las explotaciones mineras en las cuencas carboníferas, como ha sido el caso de estas de Soma, en la región de Esmirna.

Los augurios políticos para la Turquía de las actuales circunstancias no son en absoluto los más deseables. La catástrofe minera de estas horas, más allá de los inmediatos desenlaces que pueden tener para el Gobierno de Erdogan, implica también riesgos muy graves para el sólido crecimiento económico en que parecía encontrarse la nación turca.