Boko Aram, bandera de otra barbarie

Eclipsado por la crisis de Ucrania, con la que el mesianismo nacionalista ruso del presidente Putin ha fracturado el equilibrio europeo vigente desde la implosión de la URSS, ha perdido foco internacional la última explosión del yihadismo islámico en el mundo africano. No se acabada de advertir en su proporcional y justa medida la última gran fechoría en Nigeria de Boko Aram, con su doble secuestro masivo de chicas escolares: sometidas a sevicias que son de imaginar en las prácticas del terrorismo islámico. Compendio de las cumbres del fanatismo religioso en los inicios del presente milenio.

Sólo el anuncio del Gobierno nigeriano de que no descarta una negociación con los secuestradores para obtener la libertad de las niñas – que fueron apresadas en dos episodios dentro de sus centros escolares de genérica orientación cristiana; esa eventual iniciativa, que sobrevendría en el contexto de la generalizada y cursante ayuda internacional, definida principalmente por los auxilios policiales para averiguar el paradero de las víctimas, ha traído al primer plano tanto la gravedad del hecho de los secuestros en sí mismos. El calado continental africano de la explosión yihadista y la alarma norteamericana por el medro que podrían lograr los terroristas.

Este proceso de Nigeria viene a consolidar la expansión de las franquicias de Al Qaeda más al sur de la franja del Sahel, por la fachada atlántica del continente. Con ello se completa por el Oeste el despliegue ya realizado del islamismo radical en el Este del vecino Continente: junto a las aguas del Índico. En el conjunto del África negra, la mancha yihadista aparece consolidada en Somalia y con infiltraciones notorias en Kenia y Zambia. Así, desde finales del pasado Siglo XX, cuando Al Qaeda ya atentó contra representaciones diplomáticas estadounidenses como fase previa a los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington.

Se trata de referentes del terrorismo islámico para Estados Unidos desde los cuales se entiende sin dificultad su hipersensible reacción ante eventuales negociaciones del Gobierno nigeriano con Boko Aram (“La educación no islámica es pecado”) para conseguir la liberación de las 200 escolares secuestradas hace un mes, al margen de la ayuda que ya se le viene prestando en equipo material y expertos europeos y de la policía federal americana.

Jim Carney, el portavoz de la Casa Blanca, ha sido bien explícito al declarar que el Gobierno nigeriano es muy libre de hacer lo que quiera, pero que EE.UU. no es partidario de que los terroristas obtengan compensaciones, medros o ventajas por medio de sus actividades.

Los 3.000 nigerianos muertos a manos de Boko Aram con sus ataques indiscriminados en la parte cristiana del país, desde la muerte del líder de esta secta terrorista Abubakar Shekau, en 2009, es dato que ilustra sobradamente sobre lo que supone la actual repristinación allí del motor religioso – ahora multiplicado por el terrorismo yihadista -, presente también en las luchas habidas en Nigeria después de su independencia, entre 1967 y 1970. Conflicto entonces conocido como Guerra de Biafra.