Graves disparates en la estela de Crimea

Por Donetsk y Lugansk, en el oriente de Ucrania y en la estela de Crimea, ha seguido la feria de la autodeterminación pro rusa a expensas de la integridad territorial de un Estado soberano. Todo, una vez más, bajo el complacido impulso del neozarismo vigente en Moscú. Y, asimismo, a flagrante contrapelo de la legalidad internacional.

Dice la ONU en lo que se refiere a la autodeterminación de los pueblos – siempre que éstos existan como tales – debe prevalecer la integridad territorial del Estado en que reside la colectividad que reclama el derecho a la independencia. Eso es algo que vale a Ucrania respecto de Crimea, Donetsk, Lugansk y cuantas de sus ciudades ocupen las milicias inducidas, alentadas o promovidas por Rusia. Pero vale también para el doméstico colectivo Llanito asentado en Gibraltar al servicio del Reino Unido, y frente a las ensoñaciones de los separatistas que bullen por Cataluña.

También es de observar que el derecho de autodeterminación no resulta de la tabla de los derechos democráticos, que corresponden a los individuos, sino a las colectividades incursas en la condición objetiva de estar vertebradas, constituidas y reconocidas como pueblos. Son cosas tan obvias como susceptibles de dejarlo de ser por los manejos propagandísticos de la más diversa naturaleza, desde la agitación romántica del neonacionalismo de última generación o por el imperialismo sedicente – como el británico-, que lo esgrime para esquivar las obligaciones estipuladas en el Tratado de Utrecht, que le impiden ceder su instalación en La Colonia a nadie que no sea España.

Vale la regla general de la ONU igual para los gibraltareños que para los rusófonos y para quienes suscriben las propuestas de CiU y ERC. El principio de Integridad territorial, al que siempre se acoge el Comité de Descolonización, en tanto que referente, opera como noción nuclear sobre La que reposa la estabilidad física, la seguridad jurídica y la viabilidad pacífica de las relaciones internacionales.

De no prevalecer necesariamente ese criterio de cohesión las relaciones humanas internas entre los grupos de población que componen cada comunidad nacional y las propias de éstas con el conjunto internacional, resultarían imposibles si faltara la coherencia que emana de la regla de integridad territorial de los Estados. Esto que la Rusia de Putin viene a violar en su hoja de ruta para corregir la “catástrofe geopolítica “que según él supuso la desaparición de la URSS…

Este espectáculo de ahora en Ucrania, inducido y alentado por el actual poder ruso, viene -conviene recordarlo – desde la guerra de Georgia en el verano de 2008 y su doble botín de Abjasia y Osetia del Sur, siguiendo ahora, tras de la revuelta popular ucrania contra la injerencia rusa por su asociación con la UE, la anexión de Crimea con la misma presión de los milicianos y, siguiendo con el mismo patrón, el idéntico ritual escénico de subfusiles y pasamontañas, envuelto todo en las medias y confusas palabras del microzar.

Así las cosas, tampoco sin garantía alguna en ninguna de las consultas celebradas, prosigue el medro territorial ruso. Y en reciprocidad llegan las sanciones políticas y económicas de la UE, como las acordadas ayer en Bruselas por la Conferencia de ministros de Asuntos Exteriores: entre las que destaca la novedad de que alcanzan también a empresas cuyos activos se congelan.

Con ello gana cuerpo la idea y la realidad de la colisión económica entre el mundo euroatlántico y los sueños del neozarismo putiniano.