Urnas de Ucrania en colisión

Mientras los rusófilos del sureste de Ucrania, en una obsesión de nacionalistas catalanes, llegan a la fecha de su pretendido referéndum de autodeterminación pese a la opinión teóricamente en contrario de Vladimir Putin, el escenario internacional no acaba de digerir el asombro causado por la exhibición de músculo militar en Crimea realizada a mayor gloria suya por el nuevo zar de casi todas las Rusias en el último Aniversario de la derrota del III Reich.

No sólo asombro y sorpresa ha causado la escala celebratoria del desfile por el hecho en sí mismo sino también por el hecho mismo que se hiciera pocos días después de que el mismo personaje anunciara la retirada de las fuerzas militares rusas desplegadas junto a la frontera de Ucrania. La medida del eco la ha dado la reacción del Gobierno norteamericano, menos poder la directa descalificación de la desmesura celebratoria y de su específica inoportunidad en el presente contexto internacional, que por la precipitada precisión estadounidense sobre lo inadmisible de la perpetrada anexión de Crimea.

Queda sin embargo en el aire la vigencia del sobrevenido “placet” putiniano para que el próximo día se celebren las elecciones presidenciales en la entera Ucrania, a las que previamente se había opuesto el presidente ruso. Por lo cual, en medida cierta, se abre la incógnita sobre el sentido último del actual propósito del Kremlin. ¿Pretendía que su aceptación de las elecciones presidenciales ucranias fuera el pago suficiente para que Occidente aceptara la anexión de la península de Crimea?

Hubiera sido mucho esperar: aunque ello hubiera implicado la renuncia rusa a intervenir en el formato de la nueva Constitución que proyecta el Gobierno provisional de Kiev. Putin, en su proyecto de rescatar el modelo soviético del espacio ruso, está anclado, pese a su anticomunismo aparentemente visceral, sigue fiel al paradigma brezneviano de la “soberanía limitada”: acuñado en 1968 con ocasión de la entrada de los tanques rusos en la Checoslovaquia “heterodoxa” de Dubcek.

En la ecuación putiniana para acoplar aquello de la URSS al tiempo actual, remontando la “catástrofe gepolítica” que supuso la desaparición de aquélla, no encaja la realidad de que entonces imperaba el marco de la Guerra Fría con Occidente: un supuesto conforme al cual y sobre el papel, la tensión Este-Oeste no se traducía a nivel de Estados en conflictos abiertos dentro del Viejo Continente; pero sí lo hacía a lo ancho de lo que entonces se llamaba el Tercer Mundo, igual en Asia que en África y en el mundo iberoamericano. Hubo así guerras como la de Angola y la de Vietnam, y guerrillas por doquier, especialmente en Hispanoamérica, dónde en ciertos casos, como en el Chile de Allende y la Argentina inmediatamente posterior al regreso de Juan Domingo Perón, estos conflictos mutaron a patologías y escalas propias de las guerras civiles, tomando siempre como referencia, norte y apoyo la revolución cubana con la que arrancó la década de los años 60 del pasado siglo XX.

En este contexto histórico de ahora mismo, la sobrevenida tensión Este-Oeste provocada por la quiebra putiniana del estatus quo, la base de la tensión no es ideológica como la de entonces: habría de tener despliegues, puntuales y concretos, de choques de intereses. Como el representado por el conflicto de Siria y el de la liquidación (¿) del problema nuclear iraní, que son tanto como la doble expresión de un mismo asunto. Un doble temario sobre el que pareció progresar, hasta la crisis de Ucrania, el entendimiento internacional entre Washington y Moscú.